jueves, 8 de octubre de 2015

Desarrollo de la conducta alimentaria en los niños

Las conductas alimentarias como cualquier acción o respuesta emitida con relación a la alimentación. Incluye respuestas observables, así como también los pensamientos, verbalizaciones y actitudes hacia el acto de comer. La conducta alimentaria es un proceso interactivo en el que participan la madre o cuidador y el niño, y se conforma por todas aquellas interacciones que se suceden en torno a la alimentación: selección, compra, ingestión, actitudes y comportamientos. Una buena nutrición depende de una relación alimentaria positiva.
La conducta de los niños en el momento de la comida, resulta determinante ya que incide en la ingesta adecuada de alimentos y nutrientes, y consecuentemente en su condición nutricional. Los problemas de conducta que presentan los niños en el momento de la comida, han sido motivo de preocupación para aquellas personas involucradas en su cuidado (cuidadores, padres, maestros, etc), en la mayoría de los casos como consecuencia de la falta de conocimiento del patrón de comportamiento típico de cada edad y de las estrategias a utilizar para manejar o resolver las dificultades que se presenten en el momento de comer.
El desarrollo de la conducta alimentaria, está influenciado por las preferencias innatas, el desarrollo psicológico, la familiaridad con los alimentos y el contexto socio-afectivo que proveen los padres y maestros. Este contexto social es importante en el establecimiento de los patrones alimentarios, por considerarse que las experiencias tempranas del niño influirán en su conducta futura. Los procesos tempranos de aprendizaje, las experiencias iniciales con la comida y el contexto cultural de la alimentación, moldean la ingestión de alimentos en los niños en la medida que crecen. Un factor cultural importante a reflexionar es en el que la madre es considerada exitosa en cuanto tiene un hijo que desarrolla al máximo sus potencialidades, incluyendo el crecimiento, mediado por una autoexigencia materna y del ambiente.
Además de toda una historia de riesgos de desnutrición y enfermedad, el ambiente social y familiar exige que el niño esté lo más "gordo posible", de modo que la necesidad de la madre de responder a estas expectativas puede producir un estado de ansiedad que determine una relación madre-hijo inadecuada. Los desórdenes al comer son también un lenguaje alternativo del niño, que le permite expresar lo que siente.
En el bebé, el llanto es el medio de comunicación que utiliza para expresar sus necesidades o sentimientos (dolor, incomodidad o hambre) por lo que se hace importante que la madre o cuidador aprenda a interpretar estas señales para así satisfacer las necesidades reales del infante. En niños de mayor edad, es frecuente que se expresen con un lenguaje alternativo a través de la actitud corporal en una determinada situación, así tenemos que en el momento de la comida, pueden observarse tristes, apáticos, llorosos, inquietos o molestos, lo que afectará su conducta alimentaria. Esto lleva a establecer la importancia de observar y conocer qué es lo que el niño piensa y siente para así poder canalizarlo.
Son muchos los comportamientos que se pueden detectar en los niños pequeños cuando comen, desde preferencias y rechazos hasta actitudes y verbalizaciones que favorecen o interfieren en una ingesta adecuada. Un manejo inadecuado de la conducta del niño puede ser consecuencia del desconocimiento de los cambios que ocurren como producto de su desarrollo, de las actividades que la madre o el cuidador realizan, de la falta de organización y de la disposición y estado de ánimo tanto del niño como de la madre en el momento de la comida.

Desarrollo evolutivo de la conducta alimentaria
La habilidad para progresar en la alimentación, depende más del nivel de desarrollo que de la edad cronológica. Es necesario que el niño haya alcanzado ciertos hitos del desarrollo para que pueda contar con determinadas destrezas que inciden en la evolución de la conducta alimentaria, y estas destrezas y conocimientos las puede adquirir solamente cuando ha alcanzado la madurez necesaria para ello y debe estar preparado a nivel neurológico y motor para dominar todos aquellos movimientos coordinados que realizan los músculos orofaciales en el momento de la alimentación.
Las alteraciones en el desarrollo psicomotor pueden traer como consecuencia retrasos en la adquisición de las conductas alimentarias esperadas para la edad. El retardo en estas habilidades, puede ser el resultado de prematurez, enfermedades prolongadas, poca práctica en las técnicas de alimentación, además de un manejo inadecuado de la conducta alimentaria, malos entendidos o falta de información de los padres o cuidadores.
En los niños prematuros y con problemas neurológicos, puede presentar hipotonía generalizada en la musculatura orofacial lo que dificulta las funciones de succión, deglución y masticación, y consecuentemente origina una dificultad en la ingestión de alimentos por parte del niño. Esto puede generar angustia por parte de la madre o cuidador y un manejo inadecuado de la conducta alimentaria.
La conducta alimentaria en los niños se ajusta a ciertas pautas evolutivas y asume características singulares, lo que explica la necesidad de la individualización al realizar la observación y manejo de la misma. El curso natural del desarrollo, las necesidades, apetito y capacidades relacionadas al acto de comer es diferente en cada niño, así como el ritmo y velocidad de progreso de cada uno.
Si se exige un comportamiento para el cual todavía no existe la madurez necesaria, se corre el riesgo de comprometer la salud física y mental del niño. De la misma manera, el pedirle menos de lo que ya está en capacidad de ofrecer, interfiere en el desarrollo de su confianza básica, su autonomía y su autoestima. Pero si se conocen sus necesidades, capacidades e intereses, será posible brindarle una mejor enseñanza que se traducirá en una respuesta favorable.
A continuación se resumen las destrezas para la alimentación de los niños por grupos de edad (Brito, 1995 y León 1995).
0 a 1 mes: Succiona bien y mueve la lengua hacia atrás y hacia adelante.  Expresa el hambre con llanto
2 a 3 meses: Acepta alimentos con cucharilla pero la derrama al tragar. Rara vez muerde la cuchara. Mastica la comida con movimientos verticales. Establece contacto visual con la madre mientras lo amamanta.
3 a 4 meses: Se lleva las manos y objetos a la boca. Se inicia en el proceso de sostener el tetero, pero requiere ayuda. Atiende a la madre o cuidador que lo alimenta. Anticipa cuando llega la hora de comer.
4 a 5 meses: Sostiene el tetero o vaso bajo supervisión. Reconoce a la madre o cuidador que lo alimenta.
6 a 7 meses: Se mantiene sentado en su silla mientras lo alimentan. Comienza a masticar y mueve la lengua hacia arriba y hacia abajo. Cierra los labios sobre la cuchara. Comienza a beber en taza con ayuda. Manifiesta cuando no quiere más.
8 a 9 meses: Mueve la lengua de lado a lado cuando mastica.  Comienza a agarrar los alimentos con las manos. Agarra la taza con las manos. Intenta agarrar la cucharilla
9 a 10 meses: Toma solo de la taza pero aún con supervisión. Se lleva pedacitos de alimentos a la boca (masa, pan). Intenta pararse en la silla mientras come.
10 a 11 meses: Golpea la taza con la cuchara. Se levanta de la silla. Agarra la cuchara e intenta llevársela a la boca
11 a 12 meses: Mastica y traga bien comidas sólidas. Agarra migajas con los dedos y se los lleva a la boca. Come con las manos.
12 a 15 meses: Comienza a agarrar y utilizar la cucharilla. Se inicia en comer solo con cucharilla, aún derrama.  Reconoce su vaso o taza. Busca pararse de la silla. Se inicia en comer en la mesa con los adultos.
16 a 18 meses: Toma del vaso o taza y no derrama. Mastica bien. Se mantiene sentado al comer bajo supervisión.
19 a 21 meses: Mastica y traga con buen cierre labial. Sujeta la taza con firmeza mientras bebe. Come solo sin derramar. Permanece sentado y come solo bajo supervisión
22 a 24 meses: Al comer no voltea la cucharilla. Se integra a la mesa familiar. Comienza a utilizar el tenedor con supervisión, utilizando la mano que predomina.
2 a 3 años: Presenta conductas de rechazos (vegetales, frutas) y preferencias hacia algunos alimentos. Se levanta de la mesa. Tarda mucho tiempo para comer. Se distrae con facilidad. Mejora su capacidad para morder, masticar y tragar
4 años: Dice si quiere comer o no. Usa el tenedor o cuchara adecuadamente
5 años: Unta el pan con cuchillo e inicia cortar alimentos suaves. Come solo con poca supervisión
6 años: Le gusta conversar mientras come y expresa si algo no le gusta.
7 a 9 años: Utiliza todos los cubiertos en la mesa y pica su comida. Disfruta ayudar a cocinar las recetas que él escoge. Prepara independientemente meriendas y cenas rápidas. Mantiene las preferencias y/o rechazos hacia ciertos alimentos
Como se aprecia, el bebé debe ser capaz de llevar sus manos a la línea media para poder sostener el vaso o biberón, ser capaz de sentarse tanto para iniciar el proceso de introducción de alimentos sólidos como para incorporarse a la mesa familiar, debe estar listo para masticar en el momento de incorporar alimentos sólidos por lo que la aparición de la dentición es primordial, y debe poseer coordinación óculo-manual que resulta indispensable para que el niño adquiera autonomía en la alimentación.
Cuando un niño empieza a caminar, se hace más independiente y activo por lo cual tiende a levantarse de la mesa y explorar el ambiente. Por otra parte, el desarrollo cognitivo incluye el desarrollo de la atención la cual permite permanecer más tiempo en la actividad, por eso tenemos que si ésta es poco estimulante la atención suele dispersarse por estímulos ambientales o eventos más importantes para él.
Como consecuencia, las alteraciones en el desarrollo psicomotor, cognitivo y emocional o en las funciones neurovegetativas, pueden traer dificultades en la conducta alimentaria. Para el niño de 1 a 3 años, la relación alimentaria adecuada es aquella que ofrece libertad y apoyo para favorecer la autonomía y marcar límites claros que le den seguridad. Entre los 3 a 6 años, se le debe dar la oportunidad de desarrollar habilidades para alimentarse, aceptar una variedad de alimentos y socializar en torno a la comida. Las etapas pre-escolar y escolar tienen una particular importancia en el establecimiento de hábitos y conductas alimentarias la cual se deriva de las características físicas, sociales y psicológicas de cada niño, de ahí la importancia de obtener una orientación adecuada al respecto.
Razón por la cual, si tomamos en cuenta que en el momento de la comida existe una relación estrecha entre los adultos y el niño, se podría pensar que es una oportunidad ideal para que padres y maestros sirvan de modelo, ya que, por lo general, poseen una gran influencia en la conducta de los niños y por ende en el comportamiento que éstos tengan frente a la alimentación. Ésto incluye, lo que comen, cómo comen, dónde comen, a qué hora comen, etc. Por consiguiente, la manera más fácil de enseñar a los niños a alimentarse adecuadamente, es que los padres a su vez lo hagan de manera correcta, esto es, consumiendo alimentos variados (incluyendo vegetales y frutas), respetando los horarios, manteniéndose en la mesa al momento de comer, evitando comer chucherías o comer entre comidas y mostrando una actitud positiva durante la comida.


Fuente:
Dilcia Esquivel (2003). Desarrollo de la conducta Alimentaria en los niños. Problemas e intervención. CANIA. Año 4. N° 9, mayo 2003, p.5-14.

Brito, C., (1995). La cuidadora como agente de estimulación. (trabajo inédito) Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.  39p.

León de Viloria C. (1995). Secuencias del Desarrollo Infantil. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello.  195p.

jueves, 1 de octubre de 2015

Recomendaciones sobre la prevención de alergia alimentaria

Actualmente existe un gran interés por el conocimiento y la investigación de los procesos alérgicos. Este interés se origina en el aumento de su presencia en la población general, lo cual ocasiona ausentismo laboral, escolar y elevados costos en el sistema sanitario. La enfermedad alérgica comprende una serie de manifestaciones clínicas tales como asma, rinitis, conjuntivitis, dermatitis atópica, alergia alimentaria y otras menos frecuentes.
La alergia alimentaria es una reacción adversa derivada de una respuesta inmune específica, que se reproduce luego de la exposición a un antígeno alimentario. Las reacciones adversas inducidas por alimentos pueden ser mediadas por mecanismos inmunológicos, Inmunoglobulina E (IgE), que son reacciones de hipersensibilidad tipo 1, inmediatas, denominadas reacciones alérgicas; no mediadas por Inmunoglobulina E (reacciones de intolerancia) y mixtas. El proceso de producción  de IgE en respuesta a la exposición a un alérgeno se denomina atopia.
Los pacientes con alergia alimentaria desarrollan respuestas inmunes patológicas y pueden experimentar rápidamente síntomas adversos tras la reexposición. Con el tiempo, la calidad de vida se ve seriamente afectada en un grado mayor que la observada en otras enfermedades crónicas de la infancia. La infancia es un período de especial vulnerabilidad, pues los lactantes con predisposición a la atopia pueden presentar mayor riesgo de sensibilización a alimentos y a otros alérgenos.
El riesgo de alergia alimentaria aumenta en relación con los antecedentes familiares. Así, en caso de un solo padre atópico el riesgo corresponde al 50%; de los dos, el 70% y el riesgo en hermanos de una persona afectada es 10 veces mayor que el de la población general. En un estudio prospectivo realizado con niños de familias atópicas, se determinó que el 25% desarrollará alergia alimentaria entre el nacimiento y los 7 años de edad.
Aunque las reacciones adversas pueden ocurrir ante casi cualquier alimento, la mayoría son producidas por los que se consumen con mayor frecuencia. En general, su aparición sigue el mismo orden de incorporación de los alimentos en la dieta del niño. Los alimentos más frecuentemente involucrados en este trastorno son la leche de vaca, huevo, trigo, pescado, mariscos, maní, soya, nueces y algunos cereales y leguminosas. El desarrollo de alergia alimentaria depende de varios factores que incluyen la predisposición genética, exposición temprana a las proteínas alergénicas (tiempo, dosis y frecuencia), consumo de la proteína alimentaria y desarrollo de tolerancia.
La alergia a la proteína de la leche de vaca es la más frecuente en los primeros 3 años de vida. Esta alergia se caracteriza por la presencia de una serie de signos y síntomas que aparecen tras la ingestión de leche de vaca o de fórmulas elaboradas a partir de ella; incluso niños que reciben lactancia materna exclusiva pueden reaccionar ante proteínas transferidas a través de la leche materna y durante este período. La frecuencia de alergia al huevo se estima en 2%. Afortunadamente, algunos estudios documentan que en la alergia a la leche de vaca, huevo y soya usualmente se presentan remisiones en la niñez. Por el contrario, la alergia al maní, nueces y pescado suele persistir hasta la adultez.
La prevención de las enfermedades alérgicas se apoya en una variedad de medidas profilácticas dirigidas a evitar la sensibilización, el desarrollo de la enfermedad en un individuo asintomático y la progresión en pacientes con síntomas de la enfermedad. En este sentido, se pueden distinguir diferentes niveles de prevención de enfermedad alérgica en la infancia:
- Prevención primaria: se dirige a los niños sanos con el objetivo de prevenir el desarrollo de la enfermedad alérgica.
- Prevención secundaria: se dirige a los niños enfermos con el propósito de prevenir síntomas y progresión de la enfermedad.
- Prevención terciaria: se dirige a pacientes con la enfermedad crónica para prevenir la progresión y el deterioro.
Las estrategias de prevención en alergia alimentaria deben considerar su capacidad para predecir el alto riesgo en lactantes y niños, demostrar la efectividad de las estrategias de intervención, recomendar intervenciones aceptables y minimizar efectos adversos. Estas estrategias de prevención están dirigidas principalmente a lactantes de alto riesgo para desarrollar enfermedad alérgica, definiéndose como lactantes de alto riesgo a aquellos niños con al menos un familiar en primer grado (padre, madre o hermano) con enfermedad alérgica documentada.
Rol de la lactancia materna en prevención de alergia alimentaria
La leche materna es el alimento ideal para los recién nacidos pues provee óptimos beneficios nutricionales, inmunológicos, fisiológicos y psicológicos. Los componentes de la leche materna mejoran el sistema de defensas y promueven la inmunoregulación. Las ventajas de la lactancia materna en prevención de alergia alimentaria quedaron demostradas desde que Grulee y Sanford reportaron, hace más de 70 años, en un estudio con más de 20.000 recién nacidos. Por estos motivos debe recomendarse la alimentación con lactancia materna en todos los niños, incluso en los que tienen riesgo de atopia, aun cuando se han detectado pequeñas cantidades de alérgenos de alimentos en la leche humana.
La Academia Americana de Pediatría (AAP) y los Comités Europeos recomiendan fuertemente la lactancia materna como la mejor estrategia para la prevención de alergia alimentaria y sólo difieren en su duración (al menos 6 meses versus 4-6 meses, respectivamente). La AAP recomienda continuar con la lactancia materna aunque no exclusivamente por lo menos hasta los 12 meses de edad. Estudios observacionales han demostrado que el destete precoz está asociado con un riesgo elevado de enfermedad alérgica.
Uso de fórmulas lácteas
Cuando no es posible o suficiente la lactancia materna, podemos recurrir a la alimentación con fórmulas infantiles elaboradas a base de leche de vaca. Entre ellas, se distinguen las que contienen la proteína entera de leche y aquellas en las cuales las proteínas son hidrolizadas mediante desnaturalización por calor e hidrólisis enzimática y posterior ultrafiltración. La Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica (ESPGHAN) recomiendan el uso de fórmulas extensamente hidrolizadas con lactosa y triglicéridos de cadena larga para el tratamiento sin enteropatía y prevención de alergia a proteína de leche de vaca.
Las fórmulas de soya no pueden ser recomendadas para prevención de alergia e intolerancia alimentaria en lactantes de alto riesgo, pues algunos estudios prospectivos han demostrado que las fórmulas de soya son tan alergénicas como las fórmulas convencionales elaboradas a base de leche de vaca.
Algunos aspectos sobre alimentación complementaria
La exposición temprana a los alimentos sólidos es la introducción de cualquier alimento durante los primeros 4 meses de vida. Considerando que la introducción temprana de alimentos sólidos podía incrementar el riesgo de enfermedad alérgica y que su retardo podría prevenir el desarrollo de las mismas, las pautas emitidas por el Comité de Nutrición de la Academia Americana de Pediatría en el año 2000, indican como edad óptima para el inicio de la alimentación complementaria en lactantes de alto riesgo los 6 meses de edad, y proponen incorporar los productos lácteos a los 12 meses, huevo a los 24 meses y maní, frutos secos, pescado y alimentos del mar 36 meses.
Un grupo de investigación australiano propuso que la tolerancia a las proteínas alimentarias ocurre a través de la introducción temprana y regular de los alimentos durante un período considerado crítico para el desarrollo de la alergia alimentaria, al cual llamaron “ventana crítica temprana”. Esta ventana comprende el período entre 4 y 6 meses de edad, cuando la introducción de alimentos alergénicos podría promover la tolerancia y tener un efecto protector contra la alergia alimentaria, enfermedad celíaca y enfermedades autoinmunes.
Desde hace muchos años se ha establecido la relación entre la microbiota intestinal y la enfermedad alérgica. De allí que se ha propuesto que, en vista de que los probióticos tienen la capacidad de modular la composición de la microbiota intestinal, pudieran ejercer un efecto positivo en la prevención de la enfermedad alérgica en lactantes de alto riesgo. Estudios con varias cepas de probióticos sugieren que poseen un potencial rol en la prevención de eczema infantil alérgico –principalmente mediado por IgE– pero aún no hay resultados concluyentes que permitan su recomendación en la prevención o tratamiento de la enfermedad alérgica. Por otra parte, hasta los momentos no existe suficientes evidencias de que los probióticos sean de beneficio para otras condiciones alérgicas.
Conclusiones
Durante muchos años la regla en prevención de alergia alimentaria en lactantes de alto riesgo se centraba en retardar la exposición a alimentos altamente alergénicos para reducir la sensibilización alérgica. La tendencia actual está dirigida a la inducción de tolerancia a alérgenos. Según datos basados en evidencia, se recomienda lactancia materna exclusiva hasta los 4-6 meses de edad, seguida de alimentación complementaria, sin retardo en la introducción de alimentos sólidos más allá de los 6 meses.
Estas recomendaciones son indicadas para prevención de alergia alimentaria, en el tratamiento, el objetivo principal es la identificación y restricción de la proteína desencadenante de la enfermedad.

Fuente:
Yubirí Matheus (2013). Recomendaciones sobre la prevención de alergia alimentaria

CANIA. Año 16. Nº 26, p.14-21

jueves, 24 de septiembre de 2015

Nutrición en el comedor escolar

Numerosos hechos y datos apoyan la afirmación de que la alimentación de los escolares de hoy es la base de la alimentación de los adultos del mañana; en la medida, cabe afirmar que los hábitos alimentarios adquiridos en la infancia condicionan en gran medida la salud futura.
El gran desarrollo de la ciencia de la nutrición y de los estudios epidemiológicos que analizan el binomio alimentación-enfermedad, a lo largo del siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI, ha dejado patente la exigencia de una significativa relación entre la alimentación inadecuada, los desequilibrios nutricionales y la prevalencia de las principales enfermedades no transmisibles, como las patologías cardiovasculares, la diabetes o el cáncer. Igualmente, numerosas son las evidencias sobre la influencia que una alimentación incorrecta puede tener sobre el crecimiento de trastornos fisiológicos como la hipertensión arterial, la hipercolesterolemia o el sobrepeso y la obesidad, que actúan directamente como claros factores de riesgo en la aparición de dichas enfermedades. 
En consecuencia, el comedor escolar en la sociedad actual ha de tener un papel fundamental en la salud pública, suministrando menús nutricionalmente adecuados que permitan el crecimiento y el desarrollo de niños y adolescentes y hagan posible su salud en el presente y actuando también como ámbito educativo, donde se adquieren hábitos que determinarán la alimentación del futuro adulto y, por lo tanto, la prevención de las enfermedades del mañana.

El comedor escolar y su influencia sobre la salud
Desde la perspectiva actual, la educación alimentaria y nutricional en la infancia adquiere una especial relevancia y una nueva dimensión. No se trata ya solo de transmitir los patrones alimentarios de una determinada cultura o de inculcar hábitos de higiene básica en el consumo de alimentos; a la luz de la nutrición del siglo XXI, la composición de la dieta que ha de sustentarnos requiere de una formulación precisa, cuantificada y que atiende a numerosos factores cualitativos; aporte energéticos, naturaleza de la fracción lipídica, aporte proteico y calidad biológica de las proteínas ingeridas, suficiencia en el suministro vitamínico y mineral, presencia de otros compuestos de los alimentos con propiedades antioxidantes y preventivas, ausencia de sustancias potencialmente lesivas, etc.
En definitiva ya no hay que aprender a comer solo para crecer y mantener el organismo, ahora hay que aprender a alimentarse también para prevenir la obesidad, para mantener las arterias limpias y flexibles y potenciar el correcto funcionamiento del sistema inmunitario, para obtener el adecuado rendimiento físico e intelectual de nuestro cuerpo y para retrasar el deterioro orgánico y el envejecimiento.
Por lo tanto, ante este planteamiento, no cabe ya pensar que las vías tradicionales de transmisión de los conocimientos y hábitos alimentarios sean suficientes, la familia como ámbito en el que se imitan comportamientos y se interiorizan reglas sigue teniendo un papel imprescindible, pero es necesaria una educación alimentaria y nutricional adecuada, especializada y con un componente de conocimiento científico que madres y padres, por lo general, no pueden aportar.
Así, la escuela adquiere una importancia capital cuando comprendemos que esta debe educar para la salud de los niños y futuros adultos. No se trata ya de suministrar conocimientos que serán aplicados en problemas de la vida no directamente conectados con nuestro bienestar físico, sino de fomentar y crear determinados hábitos que condicionarán el logro de la plenitud de las facultades de nuestro organismo, y el mantenimiento de estas a lo largo de los años.
Con dicha meta, la transmisión del conocimiento nutricional es esencial, el escolar debe adquirir una serie de saberes fundamentales que le permitan comprender las necesidades nutricionales de su organismo, pero igual o incluso, más crucial es el ejemplo, es decir la práctica cotidiana de la alimentación como hecho biológico y social; por lo tanto el comedor escolar constituye hoy una parte importantísima del primer entorno alimentario de las personas, una parte que en modo alguno puede ser descuidada.
La primera y más evidente vía de influencia del comedor sobre la salud es la calidad nutricional del menú servido; aunque se observa con demasiada frecuencia menús que presentan errores notorios en la frecuencia de consumo de varios grupos de alimentos trascendentales (vegetales, hortalizas, leguminosas y frutas) lo que, además, origina la persistencia de desequilibrios en el aporte de nutrientes o desviaciones excesivas en el aporte cotidiano de energía.
En este sentido, es necesario que la planificación de los menús sea menos aleatoria y mucho más calculada y planificada. No se trata solo de decidir un menú que sea aceptado y consumido por los escolares, sino de efectuar diaria y semanalmente una selección de alimentos y cantidades que sean  capaz de suministrar todos y cada uno de los nutrientes, en la cantidad y proporción adecuada. Está claro que todavía es necesario mejorar notablemente el grado de ajuste de la mayoría de los menús a las guías dietéticas, y mejorar los sistemas de cuantificación en el calculo de los aportes de nutrientes.
Para ello, no solo podemos pensar en un mayor y más eficaz control y asesoría de las instituciones de salud pública sobre la comida servida en las escuelas, sino una mejor formación de los profesionales de las empresas que suministran menús, cuando este es el caso, o del personal encargado en las propias instituciones educativas.
Además, es imprescindible que el menú escolar no sea concebido como un aporte aislado de alimentos sino en relación a la dieta externa de los alumnos, complementándola y, en ocasiones, llegando a solventar déficits o irregularidades de la alimentación familiar. Esto requiere, no solo un contacto entre los profesionales que planifican el menú escolar y los progenitores, sino un análisis mínimamente riguroso de la dieta de los niños en sus hogares.
Cuidar la calidad nutricional de los menús en la escuela no ha de hacer olvidar la enorme trascendencia del modo de preparación y presentación de los mismos. El menú debe ser atractivo para los alumnos, pues es objetivo claro y primordial que sea asumido, existiendo datos que muestran que esto, en muchas ocasiones, no es así.
Pasando ahora a la cuestión de la salud presente en los escolares, la población infantil y adolescente ya manifiesta en exceso una situación patológica directamente relacionada con la alimentación. Así, en nuestro país, es alarmante la tasa de sobrepeso y obesidad infantil reportada por el INN (2013). Estudio de prevalencia de sobrepeso y obesidad en Venezuela. Gente de Maíz. Caracas. Lo que debe constituir una señal de alarma que marca la necesidad de incluir, de manera más significativa, entre los objetivos de la escuela, y del comedor escolar, el correcto ajuste calórico de las raciones, la transmisión del concepto de exceso energético a los alumnos, y la formación en los niños de una actitud de mesura en cuanto a la naturaleza y cantidad de alimentos consumidos. En definitiva, el comedor escolar debe tener un papel importante en la prevención de la obesidad infantil. Para ello debemos adicionalmente acentuar la mirada en la formación profesional del maestro es estos contextos de acción, en especial los maestros de Educación Inicial y Primaria en nuestro país.
Esto es de especial importancia si consideramos que no siempre la educación respecto a la alimentación que reciben los niños en el entorno familiar contribuye a la prevención de la obesidad y que, además, la capacidad de los niños y niñas para la autorregulación de la ingestión de energía presenta notables diferencias de unos individuos a otros.
Hemos de concebir el comedor escolar, no solo como un entorno alimentario, sino como un ámbito educativo. El comedor tiene posibilidades notorias para transmitir ideas y conceptos, además de comportamientos alimentarios.
En esencia el comedor escolar tiene una primera tarea básica que prima sobre las demás, la de formar en los escolares la idea de que la alimentación es algo que tiene que ver, sobre todo, con su salud presente y futura, y que el objetivo primordial de alimentarse no es obtener placer, aunque sea positivo y necesario que los alimentos tengan gusto y una presentación agradable.
Los conceptos y hábitos que los niños adquieran a esta edad difícilmente cambiarán posteriormente, determinando su comportamiento alimentario adulto y condicionando, en consecuencia, la intensidad de los factores de riesgo relacionados con la alimentación de su vida futura. Es necesario que la escuela y el comedor contribuyan al conocimiento de la relación entre la alimentación y las patologías más prevalentes. Adicionalmente, el escolar puede aprender por la vía teórica en clase que los alimentos mal conservados o incorrectamente manipulados pueden ser una vía de transmisión de enfermedad, pero en el comedor puede “sentirlo” a través de la observación de escrupulosas medidas higiénicas en el tratamiento que se le da a la comida.
Por último, la atención y vigilancia a los alumnos comensales, además de dirigirse a la consecución de una alimentación adecuada y a la corrección de comportamientos higiénicos o socialmente incorrectos, puede también ser un instrumento para detectar los primeros indicios de trastornos alimentarios que, lógicamente, deberá diagnosticar el especialista adecuado.

Fuente:
Carlos de Arpe Muñoz y Antonio Villarino Marín (2012).

La nutrición y el comedor escolar: su influencia sobre la salud actual y futura de los escolares. En Nutrición en el ámbito escolar. Jesús Román Martínez Álvarez (Editor). Cap 4, p. 45-58. España.

jueves, 17 de septiembre de 2015

El derecho a la alimentación. ¿Una deuda Pendiente?

El acceso a la alimentación es un derecho humano fundamental, así se establece en numerosos Instrumentos internacionales como por ejemplo la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC, 1966) y la Convención sobre los Derechos del Niño (1989), por lo tanto tiene una dimensión jurídica según la cual los Estados están en la obligación de garantizarlo a la población.

¿Qué significa el derecho a la alimentación?
Su contenido está expresado en forma genérica en el artículo 22 de la Declaración de los Derechos Humanos y, de manera explícita, en el artículo 25: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación…”.
En el año 1996 este tema es abordado en la Cumbre Mundial de la Alimentación celebrada en Roma y se le da un impulso importante a su contenido al asociarlo al concepto de seguridad alimentaria.
En el año 1999 el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de Naciones Unidas, en el documento denominado “Observación general 12”, define el derecho a una alimentación adecuada estableciendo que éste se ejerce “cuando todo hombre, mujer, niño o niña, ya sea solo o en común con otros, tiene acceso físico y económico, en todo momento a la alimentación adecuada y a los medios para obtenerla”.
Así mismo se determina que los elementos clave del derecho a la alimentación son: suficiencia, adecuación, sostenibilidad, inocuidad, respeto a las culturas, disponibilidad y accesibilidad económica y física.
Marco legal del derecho a la alimentación en Venezuela

Venezuela es uno de los pocos países que incorpora el derecho a la alimentación en su legislación. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, de 1999, en el artículo 305 establece: “El Estado... garantizará la seguridad alimentaria de la población; entendida como la disponibilidad suficiente y estable de alimentos en el ámbito nacional y acceso oportuno y permanente a éstos por parte del público consumidor...”.
En el año 2008, en el marco de los poderes habilitantes que la Asamblea Nacional otorgó al presidente de la república, fue promulgada la Ley Orgánica de Seguridad y Soberanía Alimentaria (Lossa) para encargarse de “…garantizar la seguridad y soberanía agroalimentaria” así como de regir “las actividades de producción, intercambio, distribución, comercialización, almacenamiento, importación, exportación, regulación y control de alimentos, productos y servicios agrícolas, así como de los insumos necesarios para su producción”.
Con esta ley Venezuela se ubica como el quinto país del mundo que reconoce explícitamente el derecho a la alimentación en su legislación y la FAO acepta este hecho como un paso importante hacia la promoción de los derechos económicos, sociales y culturales en el país.
Otra ley relacionada, promulgada también en el año 2008, es la Ley especial de defensa popular contra el acaparamiento, la especulación, el boicot y cualquier otra conducta que afecte el consumo de alimentos sometidos a control de precios. Esta ley reafirma, en primer lugar, la declaratoria de utilidad pública de todos los bienes necesarios para producir, fabricar, importar, transportar, almacenar, distribuir y comercializar bienes sometidos a control de precios y, en segundo lugar, la definición como servicios públicos esenciales dada a las actividades de producción, importación, acopio, transporte, distribución y comercialización de alimentos.
Ambas leyes tienen aspectos positivos que promueven el cumplimiento del derecho a la alimentación de toda la población, sin embargo, han sido muy cuestionadas pues resultan muy punitivas y no fueron consultadas con los sectores involucrados, especialmente el sector agroindustrial privado y las organizaciones de la sociedad civil. Se piensa que implican una exagerada intervención del Estado en la regulación de la producción, distribución y comercialización de los alimentos, así como la potestad para expropiar bienes y propiedades que pudiesen considerarse de utilidad para la disponibilidad y acceso oportuno a los alimentos, afectando así las inversiones y la propiedad privada.
En lo que atinente a la distribución de alimentos el gobierno ha ofrecido declaraciones respecto a que ha venido implementando exitosos programas sociales para garantizar la seguridad alimentaria de todos los venezolanos y venezolanas, en especial la de los sectores más vulnerables; lo ha hecho a través de lo que ha denominado como la Misión Alimentación, que incluye el establecimiento de Mercal-PDVAL, la red de comercialización a través de la cual se ofrecen alimentos de la cesta básica a precios bajos y sin intermediarios; la Fundación Programa de Alimentos Estratégicos (Fundaproal) que se encarga del subsidio directo de productos agrícolas considerados estratégicos por su alto contenido calórico y proteico, y la Corporación de Abastecimiento y Servicios Agrícolas (Casa S.A.), que se encarga de la comercialización y suministro de productos agrícolas de la cesta básica, todos bajo la tutela del Ministerio del Poder Popular para la Alimentación.
¿Qué pueden hacer las Organizaciones de Desarrollo Social para ayudar en el cumplimiento de este derecho?
Es mucho lo que podemos hacer, sobre todo en lo que se refiere a la promoción del derecho y a la capacitación de los individuos para su defensa y cumplimiento. Las personas que tienen obligaciones al respecto deben ser capacitadas para que puedan cumplir sus obligaciones con garantías para el usuario, mientras que los titulares del derecho sólo podrán reclamarlo en la medida en que estén informados de su alcance; ambos requieren de sensibilización y educación. Con ello podemos estimular a los gobiernos a adoptar medidas para cumplir su obligación, así como ayudar a los grupos vulnerables a disponer de herramientas para reclamar su cumplimiento.
La declaración emitida por la FAO al celebrar el 16 de octubre de 2007 el Día Mundial de la Alimentación, en la cual señala que el derecho a la alimentación es “El derecho a poder alimentarse uno mismo de forma digna y autónoma, más que el derecho a ser alimentado”, lleva implícita una forma particular de enfocar la solución al problema de la desnutrición y el hambre: la misma va más allá de las tradicionales ayudas paternalistas, susceptibles de corrupción, dominación y manipulación por parte de quienes donan alimentos hacia quienes lo reciben.
Lo realmente importante es la creación de condiciones apropiadas para que todas las personas puedan tener acceso a la producción de sus alimentos o a la generación de los ingresos necesarios para adquirirlos, por la vía de la educación, del empleo bien remunerado, de los servicios públicos eficientes y, en fin, por la vía de la superación de la pobreza que sin duda es la principal causa del hambre y la desnutrición.

Fuente

Omaria Pláceres de Martínez.
CANIA. Año 12 (19) 18-22. 2009