El niño prematuro (niños que nacieron
antes de las treinta y siete semanas de edad gestacional o tiempo del embarazo),
a diferencia del niño nacido a término, se encuentra sujeto a padecer períodos
críticos durante su desarrollo, que pueden desencadenar déficits permanentes.
El desarrollo madurativo del niño de alto riesgo biológico puede ser
interferido por factores de índole ambiental y sociofamiliar, tales como la
presencia en mayor número de ambientes hipoestimulantes, y ambientes familiares
con marcada tendencia a la inestabilidad y con hábitos de vida y salud
inadecuados.
Consideraciones
psicológicas
El niño prematuro y su familia tienen un
comienzo distinto, inesperado, lleno de ansiedades, dudas y miedos que
entorpecen el vínculo entre ellos. Es por eso que, el proponer la presencia de
la madre de manera casi constante e ininterrumpida al lado del pequeño es un elemento
primordial e imprescindible para el logro de los comportamientos de apego,
además, de su estabilidad y pronta mejoría.
Después del nacimiento, la madre
atraviesa por un período de gran sensibilidad durante el cual es sumamente
vulnerable, esto la lleva a una preocupación y apego excesivos por su hijo o el
distanciamiento del mismo. El amamantamiento juega un rol muy importante.
Cuando la madre amamanta, le enseña al niño que toda relación amorosa tiene un
tiempo y un ritmo necesarios para lograr plena gratificación. Ella pasa por las
mismas etapas de tensión, actividad y distensión sincrónicamente con su hijo,
porque recibe de él estímulos para que eso suceda.
Un estudio realizado por Tesone,
demostró que: tanto los niños nacidos a término como los prematuros que
recibieron lactancia materna más prolongada, presentan menos ansiedad frente a
situaciones de exámenes en la universidad, mayor independencia, son más seguros
de sí mismos y tienen más confianza en el mundo externo. En esta misma línea de
investigación, Mary Ainstworth, demostró que estos niños tienen menos ansiedad
al entrar al colegio y más dominio de sí mismos a los cinco años.
Todo niño necesita de cuidados,
especialmente el que le proporciona su madre, pero un niño prematuro requiere
de mucho más cuidado que un nacido a término. Muchas madres, en su preocupación
excesiva, optan inconscientemente por la sobreprotección o el apego excesivo, y
ponen en marcha conductas del tipo dominante reflejando una personalidad
obsesiva donde la noción de control se exagera al grado de afectar la capacidad
de la madre para detectar las señales que su hijo prematuro emite. En este
sentido, estas madres terminan restándole al niño prematuro la capacidad de
aprendizaje y del desarrollo de una personalidad autónoma, es decir, los hacen
más dependientes de ellas, reflejándose esto en la adultez como inseguridad,
dificultad en la toma de decisiones y temores.
Cuando el recién nacido no se
corresponde con el producto esperado por la madre, puede ocurrir que ésta,
inconscientemente, haga uso de mecanismos defensivos del tipo neurótico como la
formación reactiva, es decir, un impulso inaceptable puede ser transformado en
su contrario. Puede ocurrir que la madre prive al niño prematuro de
alimentación olvidando la hora en que el mismo tiene que comer, desatendiendo
sus necesidades básicas (baño, higiene general, cumplimiento de horarios,
consultas pediátricas, cumplimiento del tratamiento) y/o afectivas (dejarlo
llorar por mucho tiempo, alejarlo, ponerlo al cuidado de personas extrañas, no
brindar caricias) o puede suceder lo contrario, llegar a sobrealimentarlo hasta
convertirlo en un niño obeso, sobreprotegerlo, o coartar su autonomía.
El
sistema de apego del niño prematuro
El niño prematuro, al igual que el
nacido a término, nace con la tendencia del apego. Indefenso y dependiente de
la madre, la necesita para subsistir. La madre se pone en el lugar de su hijo
para conocer sus necesidades, está preparada para este proceso porque
desarrolla una serie de capacidades para el cuidado del niño, quien por su
condición indefensa tiene que estar necesariamente vinculado a la madre. Esta
situación hace que durante las primeras etapas de su vida la satisfacción de
las necesidades de comunicación del niño contribuya a su desarrollo.
El sistema de apego se centra,
principalmente, en la articulación y autoconstitución de la relación entre el
niño y la figura de apego, con la que busca su proximidad para constituir una fuente
motivadora externa (satisfacción de necesidades físicas), e interna (sentirse
seguro). Es esencial para la salud mental que el niño pequeño tenga una
relación íntima, cálida y continua con su madre en la que los dos encuentren
alegría y satisfacción. El primer apego afectivo va a condicionar la seguridad,
así como el proceso de independencia, que es vital para el desarrollo biopsico-afectivo
y social del niño.
En un prematuro la dependencia y la
independencia no sólo son absolutas sino más largas y su evolución va a
depender del tipo de relación que la madre establezca con su hijo y de las
capacidades que el niño prematuro desarrolle con la ayuda de la misma.
El
desarrollo del niño prematuro
El recién nacido utiliza los diferentes
estados de vigilancia, excitación, actividad motriz y calidad afectiva para
controlar las tensiones endógenas o exógenas, y organizar sus vivencias. Gran
parte de los cuidados que le proporciona la madre consisten en modular su
estado, proporcionándole al niño estimulaciones o protegiéndole ante dosis excesivas.
El recién nacido prematuro también
cuenta, al igual que el nacido a término, con capacidades sensoriales y
conductuales, pero más inmaduras, que se van haciendo más eficaces con la
maduración, el desarrollo y la interacción con su madre. Las conductas
neonatales como gritos, mirada, mímica, actitud tónica y movimientos cefálicos,
influyen sobre las conductas maternas como la voz, caricias, mirada, postura,
sostén y expresiones faciales y viceversa, por lo tanto, también pasan a ser
primordiales en la constitución del vínculo.
Aunque una buena mayoría de los niños
prematuros de bajo peso tiene un desarrollo normal, existe un alto riesgo de
crecimiento anormal, de enfermedad y de problemas de desarrollo neurológico.
Ceguera, sordera, parálisis cerebral, problemas de aprendizaje, dificultades
para andar, alteraciones en el comportamiento, son algunas de las secuelas que
pueden sufrir estos niños que se
anticiparon al momento de su nacimiento.
El niño
prematuro y sus cuidados
Los progresos que manifieste el recién
nacido prematuro no van a depender exclusivamente del desarrollo biológico,
sino también de todos aquellos intercambios que pueda hacer primero con su mamá
y en una instancia posterior con el mundo externo. Lo que va a determinar que,
a pesar de la prematurez, la interacción que se desarrolle y el vínculo de
apego que se establezca sean la suma de todas las experiencias y no sólo de
una.
Si la madre tiene la posibilidad de
desarrollar un contacto íntimo, precoz y altamente emotivo con su hijo, podrá
decodificar cada uno de los mensajes que su hijo prematuro es capaz de generar
y logrará una relación más adecuada, y el niño una evolución más acorde a lo
esperado para su edad. Una madre con estas características será capaz,
entonces, de percibir las señales de alarma que el mismo niño le otorga y, en
consecuencia, tomará las medidas necesarias para reducir al mínimo la
posibilidad de que se produzcan deficiencias. Además, los procedimientos
psicopedagógicos deberán jugar un papel de creciente importancia en el diagnóstico
precoz (en la primera infancia) y la documentación del transcurso del desarrollo
en niños de alto riesgo.
Otros estudios demuestran, que en niños
muy prematuros con problemas orgánico-cerebrales, retraso precoz y problemas
múltiples, un aumento de terapias no aporta ningún efecto visible sobre el
desarrollo cognitivo y de la conducta. Por consiguiente, la familia necesita de
toda la ayuda posible que puede ser de índole social-psicológica o,
simplemente, práctica para poder manejar la minusvalía y sus consecuencias para
la vida familiar.
El recién nacido prematuro, a diferencia
del nacido a término, requiere de cuidados especiales que sólo la madre con la
ayuda de la familia, especialistas, e instituciones, pueden conseguir cuanto
antes su recuperación.
En los primeros tres años de vida los
niños prematuros pueden presentar trastornos leves o moderados del desarrollo
(déficit en la coordinación motora fina, en integración visomotora o problemas
de conducta), estos problemas podrían corresponderse con posteriores trastornos
en la escolaridad. En estos primeros años de vida, el niño prematuro, también,
tiene la necesidad de amor y seguridad por parte de sus padres; en la medida en
que éstos se satisfagan, se irá aportando una base firme para la edad adulta, y
se contribuirá con un desarrollo sano cargado de mucha seguridad e
independencia.
De este modo, el niño irá adquiriendo
una individualidad distinta y única, logrando su autonomía y desarrollo
emocional. La relación madre-hijo también juega un papel importante en el
desarrollo temprano del niño prematuro. Una separación temprana de su madre
tendría un efecto negativo para su desarrollo tanto físico como emocional e
intelectual. Desde los primeros meses de vida, los recién nacidos experimentan
esa interacción con su madre, luego social hasta llegar a la interpersonal;
demuestran desde pequeñitos una capacidad de respuesta cada vez mayor ante el
ambiente, que debe ser estimulada hasta alcanzar un nivel óptimo que les
permita desenvolverse sanamente. El niño prematuro, al igual que el niño nacido
a término, gozará de bienestar en la medida en que su autonomía y competencia
sean respetadas y estimuladas por sus padres y cuidadores.
Fuente: Cielo Castro (2004). El niño
prematuro. CANIA. Año 6. N°11, p.
7-14
ResponderBorrarUn niño prematuro se considera cuando nace antes de las treinta y siete semanas de edad gestacional o tiempo del embarazo se encuentra sujeto a padecer en periodos críticos en su desarrollo, que pueden desencadenar déficits permanente. El desarrollo madurativo del niño de alto riesgo biológico puede ser transferido por factores de índole ambiental y socio familiar, tales como la presencia en mayor número de ambientes hipoestimulantes, y ambientes familiares, con marcada tendencia a la inestabilidad y con hábitos de vida y salud. Todo un niño necesita especialmente un cuidado que le proporciona a la madre, pero un niño prematuro requiere de mucho más cuidado que un nacido a término. Muchas madres, en su preocupación excesiva, optan inconscientemente por la sobreprotección o el apego excesivo, y ponen en marcha conductas del tipo dominante reflejando una personalidad obsesiva donde la noción de control se exagera al grado de afectar la capacidad de la madre para detectar las señales que su hijo prematuro emite.
Yuvelis Sosa