martes, 17 de noviembre de 2015

Los Micronutrientes: ¿por qué requieren nuestra atención?

Las deficiencias de micronutrientes están en los casos de malnutrición en general. Esta malnutrición puede presentarse tanto por déficit como por exceso de micronutrientes. Los principales problemas de deficiencia de micronutrientes son los relacionados con: Hierro, Ácido fólico y Vitamina A.
Básicamente son causados por aumento de las pérdidas o por requerimientos aumentados. Prevalecen en ciertos grupos de edad, como los niños y mujeres, están muy relacionadas con la pobreza; y lo primero que tenemos que ver es que no estamos hablando pro­bablemente de deficiencias aisladas de nutrientes.
Podemos, quizás experimentalmente, detectar que una población tiene deficiencias de hierro o de fo­latos, pero probablemente eso estará acompañado de muchas otras carencias, por lo que resulta difícil separar o identificar un origen único para estas carencias y por lo tanto la solución debe ser multifactorial.
La deficiencia de hierro y anemia es el principal problema nutricional a nivel mundial y es especialmente prevalente en menores de 2 años, lo cual tiene con­secuencias importantes y definitivas en el crecimiento del niño. También es evidente su influencia cuando ha­blamos de sociedades o países, porque se ha determi­nado que la anemia o la aparición de estas deficiencias en etapas tempranas de la vida se asocia a retardos que acompañan a estos individuos durante toda su vida. Así, aunque desde el punto de vista hematológico estén recuperados, es decir, que no presenten anemia cuando son escolares, la anemia en las primeras etapas marca, de alguna manera, el desarrollo psicomotor de esos individuos.
Cuando hablamos de prevalencia de 70% de anemia en menores de 2 años, estamos frente a un pro­blema no sólo desde el punto de vista individual sino como país, pues esto significa que 7 de cada 10 individuos presentarán leves retrasos en actitud, disponibi­lidad o disposición para realizar trabajos.
La anemia está definida por un parámetro hema­tológico que es la concentración de hemoglobina por debajo de un cierto punto de corte. Las manifestaciones asociadas son inespecíficas en términos de:
• Función y estructura gastrointestinal.
• Limitación de actividad física, que en muchos casos tiende a confundirse con flojera; la gente parece no querer trabajar.
• La consabida discusión sobre la predisposi­ción a infecciones cuando hay anemia, o deficiencia de hierro.
A la vez, dependiendo del patógeno del que es­temos hablando, pudiese hacerse más leve la infección cuando estamos frente a una deficiencia de hierro. En cuanto a funciones neurológicas, se presenta un bajo rendimiento escolar y fatiga crónica.
En algunos estudios sobre las consecuencias de la anemia y deficiencia de hierro en etapas tempranas de la vida, durante la infancia, cuando son menores de 2 años, y qué consecuencias tiene esto a lo largo de la vida. Se tomaron como referencia 15 estudios reali­zados a niños de 6 a 24 meses y se encontró que en 14 de esos 15 estudios los niños presentaron pobre res­puesta emocional, social, motora y cognitiva. Las puntuaciones obtenidas en pruebas de desa­rrollo fueron, en promedio, de 6 a 15 puntos menores en los niños deficientes; describiéndose a ese niño como: Infeliz, Intranquilo,  Dudoso, Menos sociable.
En cuanto a la duración, severidad y momento de la deficiencia de hierro y sus consecuencias, nueve estudios han seguido niños lactantes, preescolares, escolares y adolescentes, y todos estos estudios, inde­pendientemente del momento en que se detuvieron, muestran que los anémicos o con deficiencia severa de hierro obtuvieron menores puntuaciones en pruebas de funcionamiento mental, motor o social. A pesar de recibir terapia de hierro, podemos tener individuos no anémicos (lo que quiere decir con hemoglobina por encima del punto de corte), pero con este tipo de alteraciones.
Se ha determinado que existe una disminución del coeficiente intelectual de 1,73 puntos por cada diez gramos de disminución de la hemoglobina. Tenemos evidencias importantes en humanos que indican que las alteraciones ocurridas en menores de dos años no son recuperables. Los clásicos estudios de Betty Lozoff en Costa Rica, han seguido a niños que fueron anémicos como lactantes hasta la adolescencia y mostró que el grado de repitencia se duplicó entre los 11 y 14 años con aumento de incidencia de depresión y de ansiedad en los que fueron deficientes cuando eran lactantes.
Estos estudios no tomaban en cuenta el estado de hierro de la madre, o sea, habría que irse inclusive un poco más atrás para poder explicar lo que está ocurriendo y saber por qué es tan definitivo que para niños menores de 2 años este tipo de manifes­taciones se produzcan allí, porque no hay madurez de órganos y sistemas, pero que se mantengan durante el resto de la vida.
Lo que se ha encontrado, aunque las evidencias son muy limitadas porque es difícil hacer estudios de este tipo, apuntan a que el hierro es utilizado primero durante el periodo fetal para la producción de sangre. Si pudiésemos medir en el neonato o en etapas tem­pranas la hemoglobina, podríamos tener esos fetos no anémicos; sin embargo, el cerebro podría estar ya en esas etapas privado de hierro, por lo tanto al momento del nacimiento no ocurrirá la maduración necesaria, ni en esa etapa ni después, y eso conllevaría a la serie de eventos que ya mencionamos.
La concepción de que la madre protege al feto, que se describe como el “parásito perfecto”, en el caso del metabolismo de hierro actualmente no es aceptada, ya que aparentemente esa protección no llega a ser sufi­ciente porque a pesar de que la madre se queda con sus depósitos de hierro bajos y el niño nace bien, el cerebro de ese niño pudiera no estar bien. Varios estudios mues­tran que la anemia de la madre, sobre todo la grave, presenta una amenaza para las reservas del feto y esto coloca el cerebro del feto en riesgo de deficiencia.
Con relación a la deficiencia de folatos, ¿cuál es el problema? La deficiencia de folatos provoca anemia macrocítica o megaloblástica, que se asocia también con la deficiencia de vitamina B12 y defectos en el cierre del tubo neural. Asimismo se ha encontrado asociación entre bajos niveles de folatos, altos niveles de homocisteína y la aparición de enfermedades cardiovas­culares y accidentes cerebros vasculares.
Durante muchos años se sabía por estudios rea­lizados con animales, e inclusive con humanos, que había una relación inversa entre el consumo de folato y la aparición de ciertos tipos de cáncer como pólipos adenomatosos en colon y recto. El punto sigue siendo controversial, pero el ácido fólico está relacionado con la duplicación celular a través de la síntesis de ADN y por lo tanto, en casos de deficien­cias tiene un efecto clarísimo y muy beneficioso. Pero lo que se piensa que podría ser la aplicación al inicio de esta polémica, era que las personas con tendencias a padecer cáncer o con lesiones premalignas podrían estar recibiendo el folato necesario para que el tumor se desarrollara. Allí tenemos que evaluar: ¿estamos haciendo bien a la población cuando planteamos un programa de fortificación?, ¿estamos cubriendo y que­remos cubrir a toda la población?, ¿es la suplementa­ción la respuesta?
Además de los efectos en el tubo neural, el déficit de folatos se asocia con retardo en el crecimiento, au­mento del riesgo de parto pretérmino y niños con bajo peso al nacer. Adicionalmente, aunque es un efecto in­directo, mediado por aumento de la homocisteína, se ha visto que produce una mayor incidencia de abortos espontáneos y complicaciones en el embarazo.
En cuanto a los efectos de la deficiencia de vi­tamina A se ha reportado el aumento en la incidencia de infecciones, alteraciones de la visión que incluyen la pérdida total de la misma, retardo de crecimiento cor­poral, respuesta inmune debilitada, entre otros.
Las mujeres en edad reproductiva, las embarazadas y los preescolares son los grupos más susceptibles. Adi­cionalmente a esto, se ha encontrado una interacción entre el estado nutricional de vitamina A y metabolismo de hierro. Se ha observado experimentalmente que cuando tenemos deficiencia de vitamina A, indepen­dientemente del estatus de hierro, hay una alteración en la movilización de hierro desde el hígado, además hemos encontrado una función de la vitamina A en la absorción intestinal. Por todo esto es que el problema puede estar en la vitamina A, pero puede estar afectando también al metabolismo de hierro. Las evidencias que tenemos, al menos en Vene­zuela, son estudios poblacionales grandes, donde estos tres micronutrientes constituyen un problema importante.
¿Hay Solución?
En muchas partes del mundo se han hecho innumerables esfuerzos, como los programas de fortificación y muchísimas iniciativas, pero son contadas las exitosas. Lo primero que uno tiene que pensar y observar es cómo están relacionadas con consumo de alimentos. Mientras no consumamos los alimentos en cantidad y calidad adecuada, identificando los ali­mentos más saludables y beneficiosos, el problema va a existir.
Existen grupos en los que hay que ser cuidadosos; evidentemente la solución no es decir “coman”, porque todos no tenemos acceso a los alimentos que necesi­tamos o que queremos comer en un momento deter­minado. Esto, unido a que cuando yo evalúe hierro o ácido fólico estoy viendo un nutriente, hace que pro­bablemente pierda el panorama completo. Por ende, lo que tenemos que hacer, aparte de políticas de ali­mentación, segundas revoluciones verdes y aumentar la producción de alimentos, es pensar en esto como un problema que tiene muchas causas y por lo tanto, la solución tiene que ser multifactorial.
Además hay otras medidas como la suplementa­ción, la fortificación (incluyendo consideraciones sobre biofortificación y modificación genética de alimentos) y la optimización de las condiciones sociales, económicas y sanitarias; porque si no mejoramos esos otros aspectos y si no incluimos la educación nutricional, por ejemplo, como una medida importante para solucionar este pro­blema, no vamos a lograr impacto.

Fuente:
María Nieves García-Casal  (2011). Los Micronutrientes: ¿por qué requieren nuestra atención?
El problema, la evidencia y la solución. CANIA. Año 14. Nº 23 p.27-31

jueves, 12 de noviembre de 2015

Venezuela y su contexto nutricional

Venezuela es un país en desarrollo en medio de una crisis muy prolongada, y está inmerso en la transi­ción alimentaria y nutricional desde hace muchos años. Esta transición nutricional, no es un simple cambio alimentario, es un proceso multifactorial de cambios socioculturales, económicos y de comportamiento. Ha estado acompañada-precedida por la transición demográfica, que es el cambio desde un patrón de alta fertilidad y mortalidad a uno de baja fertilidad y mortalidad, lo cual es bueno. No toda transición es mala, y la transición epidemio­lógica resultante es el cambio desde un patrón de alta prevalencia de desnutrición y enfermedades infecciosas, hacia uno de enfermedades crónicas no transmisibles.
¿Cuándo se produce la transición alimentaria nu­tricional en una comunidad, en un país o en una re­gión? Cuando aumentan los ingresos de una familia o de una comunidad ocurre una sustitución de la llamada dieta rural por una dieta moderna, opulenta, occidental, rica en grasas particularmente saturadas, proteínas de origen animal, rica en azúcares y donde prevalecen los alimentos procesados.
Hay dos modelos de transición y ambos, según Barry Popkin, difieren en los países en vías de desa­rrollo. En los países desarrollados ha habido un cambio gradual. En los países de ingresos bajos o moderados, países en vías de desarrollo, como los de Asia y Amé­rica Latina, ha habido un cambio acelerado, lo cual preocupa ya que dificulta la toma de decisiones. Al mismo tiempo, existen sobrepeso y bajo peso, que es lo que se ve en Venezuela. Más que una transición, es una superposición alimentaria y nutricional.
¿Qué es lo que pasa? En la transición nutricional que observamos en países desarrollados o en vías de desarrollo, el factor que más contribuye, es la urba­nización. Cuando la gente migra hacia las ciudades en espera de un progreso económico y de una mejor fuente de ingreso, lo que generalmente encuentra es una pobreza urbana. Las personas empiezan a preferir las dietas gustosas. Hay una gran ignorancia nutricional generalizada, la cual es alimentada por los medios de comunicación que ofrecen mensajes dirigidos al consu­mismo masivo, y también, indudablemente hay mayor acceso a los aceites vegetales, a la comida rápida y comida de alta densidad; a los cuales se recurre con frecuencia por las limitaciones de tiempo que tiene la mujer para cocinar, entre otras cosas, por su doble rol.
Lo peor de todo es el sedentarismo, y en este caso se necesitan “políticas de Estado” para influenciar a los hijos y generaciones futuras para que no sean “couch potatoes”, una persona que está todo el día tirada en un sofá, pasando los canales de televisión y comiendo cotufas. La disminución de la actividad física ha sido sig­nificativa en Venezuela, como en todos los países del mundo. Indudablemente, las mejoras del trasporte hacia el colegio y el trabajo, la recreación cada vez más se­dentaria, el exceso de tiempo viendo TV, computadoras, video-juegos, contribuyen a las alarmantes estadísticas de sedentarismo.
En los países en vías de desarrollo, se han susti­tuido las dietas rurales tradicionales por las dietas mo­dernas y occidentales, que aunque son adecuadas, son imprudentes y junto con el sedentarismo y una influencia genética innegable, conducen hacia la obesidad y hacia las enfermedades crónicas no transmisibles, como la hipertensión arterial, Accidentes Cerebro-Vasculares (ACV), cáncer, diabetes y enferme­dades cardiovasculares.
La transición nutricional en América Latina ha sido muy rápida. Uauy, Albalá y Kain en 2001, señalan que en Guatemala y otros países de Centro América, estaban iniciando dicha transición. México, Argentina, Brasil, Colombia, Venezuela y República Dominicana estaban en el medio de la transición, y todavía estamos. Chile, Costa Rica, Cuba y Panamá estaban al final de la transición. Uruguay y los países de habla inglesa del Caribe, estaban en la post-transición. Es más, los países del área del Caribe, también por factor genético indu­dable, son países en los cuales la obesidad ha sido una verdadera epidemia.
Conocemos las recomendaciones de la OMS de utilizar el índice de masa corporal por debajo de 18,5 kg/m2 como bajo peso; encima de 25 kg/m2 como so­brepeso y por encima de 30 kg/m2 como obesidad.

Es importante considerar que en América Latina, por lo pronto, mientras no se tengan los propios valores de referencia en Venezuela, no se debe seguir utilizando la circunferencia de cintura de los anglosajones ni tam­poco la de los asiáticos. En una investigación del Grupo Latinoamericano para el Estudio del Síndrome Meta­bólico (GLESMO), presentada por la Doctora Imperia Brajkovich recientemente en Caracas, se señala que el límite de la circunferencia de cintura en los hombres debe ser igual o mayor de 94 cm, y en la mujer igual o mayor de 88 cm para riesgo de síndrome metabólico. O sea que en Venezuela se debe procurar estar por de­bajo de 88 cm las mujeres y por debajo de 94 cm los hombres. Se recomienda usar estos datos hasta que se tengan datos nacionales.
En el año 2000 ésta era la prevalencia global de obesidad y se había dicho que se había duplicado en los últimos 10 años. Para América Latina había datos entre 28% y 42%.
En el año 2002, Fundacredesa, comparó mu­jeres venezolanas entre los 15 y 50 años, de Vargas y el área Metropolitana de Caracas y de estratos bajos, con mujeres de Bolivia, Brasil, Colombia, Guatemala, Mé­xico, Perú y República Dominicana, y observó que más o menos era la misma proporción: más de 25% - 30% de sobrepeso y más de 10% - 15% de obesidad.
Venezuela está apenas por debajo de Brasil y de Pa­namá con un sobrepeso de 36%; y el síndrome meta­bólico tiene dos cifras en cuanto a su prevalencia, de acuerdo a si se toma el ATP III o si se toma la definición de la Fundación Interamericana de Diabetes. Si se toma el ATP III tenemos 32% y si se toma el síndrome meta­bólico 41%.
Ya el mito de que en los estratos altos se encon­traban los obesos y en los estratos bajos los desnutridos, se acabó. Es más, las mujeres de los estratos altos, por lo menos en Venezuela, se cuidan mucho; cuidan su salud y cuidan su estética, no solamente las jóvenes sino tam­bién personas mayores. Más bien en los estratos bajos, no sólo en Venezuela, sino en gran parte de América Latina, hay más y más sobrepeso y obesidad, especial­mente en mujeres por encima de los 15 años.
En cuanto a la transición demográfica en Vene­zuela, la mortalidad infantil en el año 1941 estaba por encima de los 120 por 1.000 nacidos vivos. En 1961 disminuyó a la mitad; en 2001 a una tercera parte, y ahora mucho más lentamente, en 2008 a 15,8. Todavía es demasiado para un país como Venezuela que ha tenido tantos recursos. La mortalidad materna en Venezuela ha disminuido muy poco; es más, a partir del 2006 ha aumentado, levemente pero ha aumentado.
La esperanza al nacer sí es un indicador que se ha comportado bien en Venezuela y que nos llena de or­gullo. En el año 1935 era de 38 años aumentó 31 años, en un lapso de 45 años (entre el 1935 y 1980), donde la esperanza de vida al nacer era de 69 años. Sin em­bargo, un estudio hecho por Fundacredesa, demostró que en los estratos más altos era de 74 años, mientras que en el estrato 5 era de 64 años. Una diferencia de 10 años al comparar los estratos sociales extremos. Para el año 2008 los datos muestran una cifra prácticamente de 74 años de esperanza de vida al nacer; siempre más alta en las mujeres que en los hombres.
Cuando se analizan las primeras 5 causas de muerte, es evidente que en 1941 esta sociedad era completamente rural. La enteritis y la diarrea eran las primeras causas de muerte, la tuberculosis la segunda, y ya las enfermedades cerebrovasculares y cardiovascu­lares empezaban a subir. Pero a partir del año 2001, las enfermedades del corazón tienen el primer lugar, como en el resto de los países del mundo, cáncer en segundo lugar y luego los accidentes.
En Venezuela se presenta una superposición de problemas de salud pública, los cuales constituyen un reto a causa de la doble carga: altas prevalencias de enfermedades infecciosas, desnutrición, y las enfer­medades crónicas no transmisibles, que cada día au­mentan.
En uno de los estudios de campo de Fundacre­desa, se encontró a una familia en la que había un padre obeso e hipertenso, una madre que estaba em­barazada y anémica, un lactante desnutrido y posible­mente un adolescente obeso; o sea, una “doble carga” familiar.
En nuestro país, aspectos de conveniencia y de información o desinformación, han llevado a grandes cambios en el consumo; además del incremento en el mercadeo de productos manufacturados de consumo directo y/o de fácil preparación. Es importante ver que en el patrón de disponi­bilidad de energía alimentaria, entre 70% y 75% lo aportan azúcar, cereales, miel, grasas visibles; y en un grupo mucho menor, carne, raíces, tubérculos y frutas; las frutas y los vegetales ocupan el último lugar. Peor aún, entre los años 2002 y 2007 los cereales están muy por encima de las grasas y los azúcares, ya que lo triplican; y las raíces, tubérculos y las frutas bajaron del 15% al 3% de la oferta. Lo contradictorio es el programa de cinco vegetales al día, uno de cada color, cuando la oferta está al 3%. Eso es una verdadera tragedia para el pueblo venezolano.
Si comparamos el salario mínimo con los costos de la canasta alimentaria venezolana, que es un instru­mento que se utiliza mucho para planificación, se ob­serva que el salario mínimo apenas cubre el costo de una canasta alimentaria. Eso quiere decir que con el salario mínimo sólo se puede comer, y no alcanza para nada más. La distribución del gasto también es preocupante, 32% en alimentos, apenas 5% en salud y 3% en educa­ción.
Entonces, en Venezuela coexisten tanto el déficit como el exceso. Estos son datos oficiales de Sistema de Vigilancia Alimentaria y Nutricional, donde se uti­liza la combinación de los tres indicadores (peso-edad, talla-edad, peso-talla) para diagnóstico nutricional. En los lactantes el déficit se mantiene y el exceso aumentó, en los preescolares predominó la reducción crónica compensada, la talla baja. En escolares y adolescentes predominó la des­nutrición crónica compensada y el sobrepeso superó la desnutrición aguda con creces. En adultos, especial­mente en mujeres mayores de 30 años, predominaron el sobrepeso y la obesidad.
Los venezolanos tienen muchos factores de riesgo, esto los hace proclives a las enfermedades cró­nicas no transmisibles. Las mujeres venezolanas son de maduración temprana, lo que se ha visto en las curvas de distancia y velocidad de talla y peso, y también en los patrones de maduración sexual y esquelética, a dife­rencia de los anglosajones.
¿Cómo detener las consecuencias de la doble carga de la salud? Actuando para revertir factores tales como la desnutrición y la obesidad materna, el peso bajo al nacer pero también la macrosomía; problemas en el acceso y consumo de los alimentos; la alta den­sidad en la dieta; la baja actividad física y las pocas consistencias en las políticas públicas.


Fuente:
Mercedes López de Blanco, Maritza Landaeta de Jiménez, Yaritza Sifontes (2011).
Venezuela y su contexto nutricional
CANIA. Año 14. Nº 23. P.4-10

jueves, 5 de noviembre de 2015

Alteraciones de la conducta alimentaria del Niño. ¿Cómo intervienen la escuela y la familia?

Durante el momento de la comida, se establece una relación especial entre el niño y sus padres la cual será agradable o displacentera de acuerdo al ambiente que se fomente. Cuando el padre o maestra no logra alimentar al niño adecuadamente, pueden producirse sentimientos de fracaso, angustia, ansiedad, lo que generará tensiones en el niño y en la relación, esto a su vez influirá negativamente en el manejo de la conducta alimentaria. También existen factores emocionales que influyen en la aceptación de una determinada comida por parte del niño y que se reflejarán en la forma como el adulto reaccione ante la respuesta que da el niño en el momento de la alimentación.
Las experiencias negativas con algún alimento seguramente generarán rechazo por parte del niño y muy probablemente se reflejarán en el intercambio entre éste y el cuidador, produciéndose un círculo vicioso difícil de romper. Para muchos niños y sus familias, el momento de la comida es de conflicto o carente de significado. Esta situación interfiere con el aprendizaje de hábitos y actitudes positivas y con el disfrute de los alimentos.
Es frecuente que los padres reporten falta de horarios fijos para las comidas, y que recurran a obligar a los niños a comer e incluso a darles la comida cuando éstos ya poseen una edad para alimentarse de manera independiente. En algunos casos, los niños no son supervisados por un adulto durante las comidas y en otras ocasiones se muestran inquietos e intranquilos y prefieren jugar antes que sentarse a comer. En muchos casos la presencia de distractores como  la televisión o la radio, conllevan a una conducta alimentaria inadecuada. Así tenemos que algunos niños sólo comerán en presencia de la persona que les da la comida, o frente al televisor. La sola presencia de alguno de estos factores o de varios de ellos se verán reflejados en los hábitos de alimentación y en la conducta alimentaria y de no ser intervenidos, se mantendrán y se harán más complejos en el tiempo.
Otro factor importante en la instauración de la conducta alimentaria, viene dado por la identificación entre los niños y los adultos, a quienes tratan de imitar. Esto destaca la importancia del padre, maestro o cuidador como modelo para la adquisición de nuevos conocimientos, actitudes y comportamientos.
Los padres o cuidadores y en muchos casos los maestros, son las personas más importantes o significativas que posee el niño, es por ello, que rápidamente se convierten en "modelos" para ellos, es decir, en figuras a imitar. Este aspecto se debe tener presente, porque los niños, no solamente aprenderán o imitarán aquello que deseemos transmitir, sino que también otro tipo de conductas.
Los problemas en la conducta alimentaria pueden ser secundarios a un manejo inadecuado. Un ejemplo frecuente es durante los tres primeros años del niño, en donde éste debe ir adquiriendo independencia al comer y no se le brinda la oportunidad de explorar y de aprender a valerse por sí mismo.

Evaluación de la conducta alimentaria
Las dificultades en la conducta alimentaria en los niños pueden ser detectadas a través de entrevistas a los padres o cuidadores y por observaciones al niño en el momento de la comida. Ambas estrategias (entrevista y observación) se complementan y ofrecen información suficiente para conocer cuáles aspectos están alterados para poder orientar la intervención.
La relación que el especialista establezca con el cuidador será de gran importancia a fin de obtener una información lo más cercana a la realidad. De ser necesario, se deberán sostener varias entrevistas que ofrezcan información suficiente para tener una idea clara, no sólo de la problemática presente en el niño, sino también de las respuestas del padre y/o cuidador ante la conducta del niño, las costumbres, creencias y el manejo que hace de manera usual y ante las situaciones de conflicto.
La entrevista a los padres debe recabar información sobre: horarios, lugar, actitud y disposición del niño ante el alimento, si se interesa o evade el momento de la comida, si se levanta o permanece sentado, si juega con el alimento, llora, vomita, etc.

Problemas en la conducta alimentaria encontradas con mayor frecuencia por grupos de edad. [Fuente: Esquivel D, Pérez R. Registro de hábitos y conductas alimentarias (trabajo inédito) Caracas: CANIA, 2000]
Menores de 2 años
* Mala práctica de la lactancia materna que dificulta la introducción de alimentos complementarios.
* Uso prolongado del biberón.
* Dificultad para aceptar alimentos nuevos
* El niño deja de comer sin motivo aparente.
* Se duerme durante las comidas
* Escupe los alimentos.
* Da la espalda al plato de comida
* No presta atención a su comida.
* Juega con la comida sin mostrar interés por llevársela a la boca.
* Llora o hace berrinches durante la comida.
* No acepta la cucharilla.
* Se niega a abrir la boca.
* Presenta arqueos o vómitos.
* Frecuentemente abandona la mesa.
2 a 6 años
* El apetito suele variar.
* Presenta preferencias y rechazos marcados.
* No posee horario para las comidas.
* No come en el lugar destinado para ello.
* Se muestra apático, triste o indiferente hacia la alimentación
* Come a ritmo muy lento.
* No usa los cubiertos, se muestra dependiente
* Presenta atención dispersa
* Es inquieto, se levanta constantemente de la mesa o molesta a sus compañeros.
* Busca excusas para no comer.
* Presenta vómitos antes, durante o después de las comidas.
7 a 9 años
* Se afianzan las preferencias alimentarias. Apetito selectivo.
* Evidencia conductas disruptivas a la hora de comer: lanza la comida, juega o pelea con otros niños.
* Se incrementa el consumo de chucherías.
* Demanda la presencia de distractores para comer.
* Busca excusas para levantarse de la mesa.
* Rechaza comer a la hora establecida.

También es importante explorar la dinámica familiar en el momento de la comida, es decir, si los padres comen con el niño, si ese momento es agradable o si por el contrario es desagradable (ya que acostumbran discutir o resolver problemas familiares), si comen entre comidas, así como la conciencia que tienen los padres o cuidadores de la condición nutricional del niño, de las características de la conducta alimentaria y de su papel en la problemática presente. Por otra parte, es conveniente observar la interacción del padre o cuidador con el niño, de manera de precisar y corroborar la información obtenida.
La observación del niño, debe realizarse en diferentes comidas (Ej.: desayuno y almuerzo), y de ser en menores de 2 años, se hace imprescindible incorporar a la madre o cuidador. Al evaluar a un niño con posibles problemas en la conducta alimentaria, es importante explorar si el niño no come las cantidades adecuadas con relación a las recomendaciones por edad y sexo, si es un rechazo selectivo, si está asociado a retraso en el crecimiento o a signos de desnutrición, si tiene caries o dificultades para masticar o tragar.
Algunos aspectos a observar son: si está callado, atento, alerta, tranquilo, vomita, babea, si se le cae la comida fuera de la boca, el nivel de actividad, colaboración, interés, disposición y actitud frente a los alimentos, la interacción con el cuidador, la interacción con otros, la búsqueda de la independencia, las expresiones verbales o gestuales, etc. También se deben evaluar las posibles causas que originaron el problema, como los relacionados con el manejo, motivación, estímulos, conocimiento y experiencias que tanto el niño como la madre han tenido.
Intervención
Partiendo de los problemas encontrados, el objetivo fundamental de la intervención de la conducta alimentaria consiste en promover en el niño la adquisición de una conducta acorde con la edad y nivel de desarrollo y orientar a los padres a manejar adecuadamente dichas conductas.
La intervención de los problemas en la conducta alimentaria en los niños, puede combinar técnicas conductuales, apoyo emocional y orientación a los padres. Además, para un manejo adecuado se hace necesario que los adultos estén informados y capacitados para mantenerse firmes y establecer normas de comportamiento de manera coherente y efectiva.
El entrenamiento a los padres debe incluir asesorías y orientaciones que enfaticen en la actitud que deben reflejar los adultos durante las comidas. Por otra parte, se debe tranquilizar y educar a la madre y al entorno familiar, recordando que la hora de las comidas es el momento de enseñar al niño las conductas que se desea que aprenda. Debe atenderse al tono de voz, las miradas, las palabras utilizadas y el lenguaje corporal en general, ya que el niño capta los gestos o expresiones del adulto. Deben evitar mostrarse apurados por el tiempo, tener paciencia, asumir una conducta positiva, asociando el momento de la alimentación con algo agradable.
En el momento de la comida, los padres o maestros, deben ser personas lo suficientemente estimulantes para propiciar un ambiente agradable, en el que se favorezca la adquisición de aprendizajes y la formación de hábitos y conductas alimentarias adecuadas. Deben ser consistentes evitando manejos contradictorios. La alimentación se debe ofrecer en un ambiente relajado, sin otros estímulos, permitiendo que el niño coma la cantidad deseada. Por esto, los adultos deben llegar a acuerdos y trabajar como un equipo para tener logros importantes que se mantengan en el tiempo. Si estas recomendaciones no dan los resultados esperados, se deberá solicitar la intervención de un psicólogo o especialista en el área.
La intervención del psicólogo, psicopedagogo u orientador entrenado, debe ofrecer pautas de manejo individualizadas, que permitan reeducar tanto a la familia como al niño con relación a la conducta frente a la alimentación. El especialista los deberá orientar en cómo percibir las señales de su hijo como hambre, saciedad, sueño, incomodidad, etc, y explicarles cuáles son las conductas esperadas para cada edad, cómo estimular su aparición en caso de observar algún retraso, así como el manejo del niño cuando presente conductas inadecuadas ante la comida que afecten su estado nutricional.
El modelaje es otra estrategia importante a considerar, en especial con padres de niños menores de dos años. Esta actividad requiere que el especialista o cuidador entrenado, comparta con la madre o cuidador el momento de la comida del niño y lo alimente según su condición nutricional y su nivel de desarrollo, permitiendo que la madre o cuidador, imite y practique las veces que sea necesario. En ese momento el especialista o cuidador entrenado, hará los señalamientos que considere necesarios. Esta actividad, facilita el reconocimiento y reforzarmiento de los cambios positivos en la madre o cuidador y el fortalecimiento de la relación afectiva con el niño. Establecer una relación afectiva determinará la significación de ellos como modelos en la conducta alimentaria de sus hijos.
Una relación alimentaria sana apoya el desarrollo del niño y contribuye a la formación de actitudes positivas con respecto a su persona y al mundo que lo rodea; lo ayuda a que aprenda a discriminar las señales alimentarias y a responder de manera apropiada a ellos.

Fuente:
Dilcia Esquivel (2003). Desarrollo de la conducta Alimentaria en los niños. Problemas e intervención. CANIA. Año 4. N° 9, mayo 2003, p.5-14.


jueves, 29 de octubre de 2015

La Actividad Física y su importancia en la salud integral del niño

En los últimos años se le ha conferido al ejercicio y al deporte, en sus manifestaciones recreativas, educativas o competitivas, un importante papel en la preservación y desarrollo de la salud del ser humano. Es en la infancia que se pueden producir cambios en el nivel de actividad que modifican positivamente la salud para años más tarde.
¿Qué es actividad física?
La actividad física se define como cualquier movimiento corporal producido por los músculos esqueléticos que resulta en un gasto de energía. El movimiento es natural en los niños, y de hecho se dice que son inseparables. Moverse les permite a los niños conquistar su medio ambiente a la vez que promueve su desarrollo integral.


Fisiología del ejercicio aplicada en niños
Mediante cambios fisiológicos particulares los niños como los adultos se adaptan al ejercicio ocasional o regular. El organismo responde de forma metabólica, cardiovascular y respiratoria.
La respuesta metabólica es aeróbica y anaeróbica. El nivel del metabolismo aeróbico se ve reflejado por el consumo máximo de oxígeno (VOMAX) y depende de la masa corporal, por ello, la potencia aeróbica está menos desarrollada en niños, que en jóvenes y adultos. La potencia aeróbica aumenta con la edad en los niños hasta los 18 años y en las niñas hasta los 14 años.
La eficiencia mecánica, por el contrario, es mayor en los niños haciendo que el costo del ejercicio sea mayor en los más jóvenes. El ejercicio regular disminuye el costo energético del esfuerzo, aumentando la eficiencia mecánica. Por ejemplo los niños son mejores en carreras largas de menor velocidad, pero su poca concentración no les permite competir. La capacidad anaeróbica de los niños es menor que la de los jóvenes y los adultos, principalmente por una menor reserva de glucógeno y menor capacidad enzimática glucolítica.
El niño es mejor en esfuerzos breves de alta  intensidad, como el juego. Por ello, niveles de exigencia elevados en niños pequeños carece de sentido debido a la falta de predisposición metabólica, que se expresa por la baja capacidad de producir lactato.
Respuesta cardiovascular
El gasto cardíaco está estrechamente relacionado con el consumo de oxígeno y el gasto energético. Similar al comportamiento del consumo de oxígeno, el gasto cardíaco es menor en niños. El gasto cardíaco máximo es menor en niños más pequeños en valores absolutos, lo que determina una disminución del poder transportador de oxígeno que se encuentra compensado en parte, por una mayor capacidad de extracción del mismo. El volumen sistólico es menor en todos los niveles del ejercicio. La frecuencia cardíaca compensa en parte el volumen sistólico, ya que siempre es mayor en todos los niveles del ejercicio. Los valores máximos de la frecuencia cardíaca disminuyen con la edad.
Los niños tienen un mayor flujo sanguíneo muscular que favorece la distribución de sangre durante el ejercicio. El valor de la presión arterial es menor con la edad. En ejercicios dinámicos la presión arterial sistólica aumenta con el gasto cardíaco y con la frecuencia cardíaca, manteniéndose la diastólica por la baja resistencia periférica. En ejercicio estático la presión arterial sistólica y diastólica aumentan directamente con la intensidad y duración del esfuerzo. El niño activo aumenta su volumen cardíaco, siguiendo las mismas leyes de adaptación del adulto; el ejercicio aeróbico en el prepúber estimula el aumento de la red vascular periférica, disminuyendo la carga presora en años posteriores.
Los niños pueden alcanzar frecuencias de 200 o más latidos por minuto, con curvas ascendentes y descendentes del pulso. Esta diferencia en el comportamiento del pulso se debe a un predominio del sistema simpático adrenérgico que en el músculo esquelético estimula la glucogenólisis y la síntesis de lactato, y reduce la absorción de glucosa circulante. Con el entrenamiento aeróbico los niños incrementan su consumo de oxígeno en valores relativos y su silueta cardíaca, y reducen la frecuencia cardíaca para igual esfuerzo sub máximo; pero su menor contenido de hemoglobina, su menor eficiencia cardíaca, menor estructura mecánica y menor porcentaje de masa muscular, hacen difícil que aunque estén entrenados tengan desempeños similares a los adultos.
Respuesta respiratoria
Cuantitativamente existen algunas diferencias entre niños y adultos. La ventilación pulmonar máxima en valores absolutos aumenta con la edad mientras que la ventilación pulmonar sub máxima disminuye, lo que sugiere una menor reserva ventilatoria en los más pequeños. El cociente respiratorio del niño representa una ventilación antieconómica porque debe mover más aire por litro de oxígeno consumido. Al comparar la respuesta del ejercicio de los niños con jóvenes y adultos, se observa una frecuencia respiratoria alta y una ventilación superficial. El niño más activo posee volúmenes pulmonares mayores debido a una coordinación neuromuscular que determina un mejor uso del diafragma.

¿Qué beneficios representan estas adaptaciones fisiológicas para la salud presente y futura del niño?
Mejora la fuerza y la resistencia corporal. Ayuda en la formación de músculos y huesos sanos.
Ayuda a controlar el peso. Mejora la tensión arterial y los niveles de colesterol. Reduce la sensibilidad a la insulina. Es divertida, ya que la realizan con amigos, desarrollan habilidades, se ponen en forma y se ven mejor. Reduce la ansiedad y el estrés, fortalece la auto estima y las relaciones sociales. La actividad durante la infancia también puede producir cambios que modifiquen la salud más tarde en la vida.

¿ Por qué algo tan bueno y natural se somete a revisión?
Los niños son por naturaleza el sector más activo de la población. A pesar de ello, muchos opinan que no obtienen toda la actividad que requieren. El nivel de actividad física en los niños es muy variable y se ve influenciado por factores fisiológicos, psicológicos, socioculturales y ambientales; está relacionado con su desarrollo, se reduce con la edad y también es afectado por la actividad física de los padres. Se dice que los niños que habitan y crecen en ambientes libres son naturalmente activos. Las condiciones de espacio, inseguridad y estilo de vida de los padres de los niños que crecen en zonas urbanas y suburbanas, limitan el estímulo necesario para desarrollarse naturalmente activos.
En décadas recientes se ha observado que los niños se han hecho menos activos físicamente. A medida que las atracciones y las oportunidades de actividades de disfrute sedentarias han aumentado, ellos están más ocupados y puede ser desafiante encontrar tiempo para la actividad física, acarreando una disminución en el gasto energético de 600 Kcal/día comparándolo con el de niños 50 años atrás.
La inactividad como el verdadero problema
La inactividad se ha convertido en un serio problema en la sociedad a nivel mundial. Prevalece más entre aquellos de menores ingresos y menor nivel educativo, especialmente en las zonas urbanas, se inicia temprano en la vida, se incrementa en la adolescencia, progresando negativamente en la edad adulta y afecta más al sexo femenino que al masculino.
Estudios en los Estados Unidos reflejan que dicha condición es más dramática en niñas que en niños; a los 13 años solo 6 al 7% de los adolescentes no reportan actividad física, pero a los 19 años este número es de 25 y 20% para los sexos femenino y masculino respectivamente. Lo anterior indica que la adolescencia es un factor de riesgo para la inactividad. Dado que el patrón de inactividad se inicia temprano en la vida, es imperativo promover la actividad física en niños y jóvenes, con el fin de que logren desarrollar adhesión a la actividad física y adoptar conductas de estilo de vida que mantengan cuando sean mayores.

La inactividad se relaciona con el desarrollo de enfermedades crónicas no transmisibles: obesidad, hipertensión, cáncer, diabetes, cardiopatía. La niñez es un período crítico, es decir como bien señala J. Baur (1991) es un "período en el cual se adquieren muy rápidamente modelos específicos de comportamiento vinculados con el ambiente y en los cuales se evidencia una elevada sensibilidad del organismo hacia determinadas experiencias"; pero igualmente se puede considerar un período más sensible a errores y carencias.
No ofrecer la atención adecuada al aspecto motor durante la infancia tiene efectos duraderos en las demás áreas del desarrollo integral, por lo tanto se debe incentivar, organizar y dirigir de manera temprana y adecuada la actividad motriz del niño, con el fin de estimular el desarrollo multilateral de su personalidad.
Fuente:

Magda García (2004). Actividad Física. CANIA. Año 6. N°11, p.23-33