jueves, 22 de septiembre de 2016

Hábitos de alimentación saludables: ¿previenen los trastornos de alimentación?

En la actualidad, tanto en la práctica clínica como en las investigaciones se observa que los Trastornos de la Conducta Alimentaria implican más criterios diagnós­ticos que los conocidos en el DSM (Manual diagnós­tico y estadístico de los trastorno mentales). De­bido a que se ha advertido que estas enfermedades son más frecuentes de lo que se creía, se está pensando la posibilidad de categorizar o subclasificar los diversos trastornos que existen e incluir, además, otros nuevos.
Hábitos de alimentación
Los hábitos de alimentación son expresiones de las creencias y tradiciones ligadas a la geografía, la disponi­bilidad alimentaria, así como también están vinculados a los factores económicos y religiosos de la persona. En este contexto cabe preguntarse: ¿qué es adecuado?, ¿qué es inadecuado en los hábitos de alimentación? y ¿qué es un trastorno de alimentación o una inadecuada conducta de alimentación?
El término adecuado corresponde a comer va­riado, equilibrado, suficiente, completo. Para ilustrar más claramente la definición de “inadecuado” se puede recurrir a los siguientes ejemplos: a) un paciente con problemas de obesidad, que realiza al día tres comidas copiosas a base de carbohidratos (pastas, papas etc.) y de alto contenido ener­gético, b) un paciente que por condiciones laborales no puede ir a su casa a almorzar, no puede dirigirse a un lugar donde le ofrezcan comida saludable y además, su poder adquisitivo es bajo, se verá obligado a acudir a lugares de comida rápida. En ambos casos se está ante un hábito de alimentación inadecuado.
No se puede dejar de lado otras situaciones que están fuera de los criterios ya conocidos, por ejemplo: ¿cómo se definen o clasifican las personas que hacen una comida al día, que no desayunan, comen varias veces al día o se levantan en la noche a comer, que realizan comidas de forma compulsiva, ayunan o hacen dieta constantemente de manera permanente? ¿Podrían definirse estas conductas como trastornos de la con­ducta alimentaria?
Trastornos de la conducta alimentaria
Según el DSM, los trastornos de la conducta alimentaria se incluyen en esta clasificación general:
• Anorexia nerviosa (restrictiva y purgativa).
• Bulimia nerviosa.
• Trastorno de alimentación no específico (EDNOS, por sus siglas en inglés: Eating di­sorder not otherwise specified).
• Comedor compulsivo o trastorno por atracón (TPA).
La expresión “Todo el mundo hace dieta hoy día”, se está usando, actualmente, muy a la ligera. Esto es preocupante ya que existen muchos estudios, de evi­dencia donde se observa que en los colegios, los adolescentes mantienen inadecuadas conductas ali­mentarias tales como: ayunan, omiten las comidas… En la consulta, muchos profesionales dicen: “¿quién no hace dieta?”. De esta manera se resta importancia a un posible trastorno y, sencillamente, el nutricionista o nu­trólogo le entrega al paciente un plan de alimentación para perder peso. En este sentido, se debe preguntar a los pacientes: ¿Usted se ha sometido muchas veces a dieta? Si la respuesta es positiva: “Sí, casi toda mi vida”, ese es un paciente que, muy probablemente, debe tener un problema de alimentación.
¿Este comportamiento es un factor de riesgo o se está ante el inicio de un trastorno de alimentación?
Por lo general, los pacientes con anorexia em­piezan, sencillamente, restringiendo el consumo de go­losinas o con una dieta; sin embargo, su alimentación se va haciendo cada vez más restrictiva, hasta el punto de no comer o convertir la alimentación en ayunos seguidos por atracones.
Las preocupaciones y los trastornos de la conducta alimentaria se agrupan en un continuo y estos van desde una insatisfacción corporal leve a estados graves de ano­rexia, bulimia u otro desorden de alimentación. 
A lo largo del intervalo entre los puntos de inicio y el terminal, se encuentran las conductas dietéticas y los comportamientos de trastornos de alimentación graves, como lo son el vómito, uso de laxantes, ingestas de píldoras adelgazantes y atracones. La participación en conductas anoréxicas y regímenes poco saludables tal vez no sea lo bastante frecuente o intensa para cumplir con los criterios diagnósticos para definirlos como un trastorno de la conducta alimentaria, sin embargo, estas conductas llegan a afectar de manera negativa la salud y tal vez conduzcan al desarrollo de un trastorno de la conducta alimentaria.
La conducta que se está observando en los ado­lescentes es alarmante: adolescentes sin problemas de sobrepeso presentan conductas de dietas. Los adolescentes, y muchas veces los adultos, también buscan un método rápido para perder peso, a pesar de que en la mayoría de los casos son poco efec­tivos. Estudios longitudinales han comprobado que estas conductas de dietas no predicen pérdida de peso ni son mantenidas en el tiempo, además, está demostrado que a los 5 años de haber hecho dietas, los pacientes tienen 3 veces mayor riesgo de padecer sobrepeso u obesidad.
La mayoría de los estudios se basa en la teoría de la restricción dietética donde los procesos cognitivos, que deberían ser normales son interrumpidos; entonces, se pierden las señales de hambre y saciedad fisiológica.
Qué ocurre fisiológicamente:
• Se agotan las reservas de glucógeno hepático.
• Ocurre una hipoglucemia sintomática o asintomática.
• Empieza la sensación de hambre (voraz).
• Pérdida del control de la ingesta de alimentos y, seguidamente, se procede un atracón.
El atracón es señal de una hipoglicemia. La per­sona busca ingerir carbohidratos complejos o carbohi­dratos sencillos para satisfacer la necesidad del sistema nervioso central. Enseguida lo embarga una sensación de culpa, y se da inicio al ciclo de restricción, no sola­mente de ayuno sino al uso de píldoras, diuréticos, etc.
Cuando todas estas conductas inadecuadas son mantenidas, se produce una disminución de la tasa me­tabólica; como resultado de todas estas restricciones, sobrevienen el sobrepeso y la obesidad. De esta ma­nera, si el sobrepeso y la obesidad están asociados con estas conductas y no al paciente con hábitos inade­cuados, estamos ante cualquier trastorno de la conducta alimentaria. Adicional­mente, estas personas tendrán problemas de autoestima y poco autocontrol con lo cual se está favoreciendo el trastorno.
¿Es la obesidad un trastorno de la conducta alimentaria?
Estudios epidemiológicos han demostrado una aso­ciación positiva entre obesidad y formas de enfermedades mentales, indicando que la comorbilidad observada en trabajos clínicos no es simplemente una detección casual.
Finalmente, la presencia de características similares en personas con obesidad, adicción a drogas y conductas compulsivas conduce a que algunos investigadores con­cluyan que la obesidad, caracterizada por un consumo compulsivo de alimentos, puede ser incluida como un desorden mental en el DSM. Sin embargo, no se puede etiquetar como una enfermedad mental, al menos que la obesidad sea el resultado de una conducta inadecuada y, en este caso, la denominan obesidad relacionada a un trastorno de la alimentación. Por eso es fundamental diagnosticar ade­cuadamente, si la obesidad es el resultado de un hábito inadecuado o de una mala conducta.
Características especiales de los trastornos de alimentación
• Etiología multideterminada en la que hay un continuum dimensional en lo conductual y psi­cológico.
• ¿Los trastornos de la conducta alimentaria re­quieren condiciones diferentes en el marco de la salud mental? Es muy frecuente observar la resistencia de los pacientes a acudir a los psi­cólogos o psiquiatras. Lo psicológico lo aleja del modelo médico.
• Los pacientes no se benefician de los recursos de las patologías médicas.
• El espectro de trastornos de la conducta ali­mentaria es amplio: obsesión, compulsividad, personalidad, impulsividad, afectividad, etc. Es necesario considerar otras alteraciones y por eso es recomendable trabajar con un psi­cólogo, un psiquiatra, es decir, con un equipo completo.
Conclusión, es importante deslindar si se está ante un hábito de alimentación adecuado o frente a una conducta de alimentación inadecuada que pu­diera conducir a un trastorno de la conducta alimen­taria. Por otra parte, también es necesario esperar los nuevos criterios que se publicarán en la próxima edición del DSM, pues es de esperarse que facilitarán la comprensión, el análisis y el abordaje de este tipo de trastornos.
Fuente:

Beatriz Verdi de Di Bella (2012). Hábitos de alimentación saludables: ¿previenen los trastornos de alimentación? CANIA. Año 14. Nº 24. p, 13-17.

jueves, 21 de julio de 2016

Hábitos de alimentación saludable: aprendizajes tempranos para toda la vida

La alimentación es una habilidad que se construye y madura en los primeros dos años de vida, y en su aprendizaje influyen no solo la información sino el ejemplo de las cuidadoras/es, maestras y la familia que se convierten en modelo a seguir por las niñas y niños. Así, es frecuente observar que cuando aquellos consumen regularmente frutas y verduras, con seguridad los pequeños imitarán esos modelos. La relación entre comportamiento de las cuidadoras/es y la conducta alimentaria en la edad infantil está influenciada por los patrones culturales.
Construcción de hábitos en la primera infancia
Los hábitos son comportamientos o conductas que resultan de prácticas repetidas inducidas por ideas, creencias, valores y normas de la cultura que el cerebro aprende, y que se manifiestan en maneras de actuar y de comportarse. Cuando se integran a la vida diaria de modo sistemático constituyen un estilo de vida. No obstante, al ser una conducta aprendida e influenciada por el ambiente y la cultura, pueden ser modificados lo que sustenta la conveniencia de insistir en su formación durante toda la vida.
La importancia de iniciar el aprendizaje temprano de hábitos saludables reside en aprovechar la característica única e irrepetible de plasticidad o maleabilidad cerebral que caracteriza el periodo de formación y desarrollo del cerebro en los primeros mil días de vida, para modelar las vías nerviosas del comportamiento que ayudarán a proteger la salud. El modelaje se logra a través de la práctica de rutinas repetidas acompañadas de la explicación sobre las consecuencias de la conducta, con lo cual las niñas y niños dan sentido a sus hábitos, y al llegar a la juventud y la edad fértil podrán ser madres y padres dueños de comportamientos que contribuirán a mantener su salud y la de sus hijas e hijos, creando un círculo virtuoso de estilos de vida saludable a lo largo de todas las etapas del ciclo vital.
En el plano de la conducta alimentaria antes que nada hay que saber que la alimentación es una habilidad del desarrollo infantil de alta complejidad en la que influyen al menos tres aspectos: el primero, relacionado con la niña o el niño en sí mismo, como la percepción del hambre y la saciedad y los logros en el desarrollo neurológico y motor, el segundo tiene que ver con las cuidadoras/es primarios esto es con las interacciones, y en tercer lugar con los ambientes de alimentación y de cuidados, si son o no agradables, todo lo cual indica su carácter dinámico y progresivo, que como cualquier habilidad va madurando con el tiempo y requiere ser modelada hasta convertirse en comportamientos o hábitos alimentarios estables.
Así mismo, de no aprenderse estos en forma adecuada, pueden llevar a hábitos no saludables que resultan en comportamientos de alimentación problemáticos, en interacciones tensas y conflictos familiares alrededor de las comidas, fallas en el crecimiento, enfermedad y mortalidad infantil. Algunos problemas de la conducta alimentaria pueden deberse a alteraciones fisiológicas o aún patológicas de los niños, pero en su mayoría están condicionados por los factores mencionados.
Un primer efecto benéfico no bien conocido de adoptar tempranamente buenos hábitos alimentarios es el de evitar los problemas de alimentación (falta de apetito, rechazo, náuseas, lentitud o pobre habilidad para masticar, atoramientos al tragar, no abrir la boca, gritar o arquearse) cuya ocurrencia se calcula entre 25 a 35% de los niños pequeños. Otros efectos positivos son la prevención de la mortalidad infantil y del adulto gracias a que disminuyen el riesgo de contraer enfermedades infecciosas agudas y enfermedades crónicas no transmisibles- ECNT, como la obesidad, la diabetes, la hipertensión arterial, el colesterol elevado y las enfermedades coronarias.
Hábitos de alimentación, salud, higiene y actividad física

Los buenos hábitos alimentarios comienzan con el inicio precoz de la lactancia materna en la primera hora que sigue al nacimiento, debido a que el estímulo del reflejo de succión, la experiencia del olor y el sabor de la leche de la madre, y el estrechamiento del vínculo afectivo y el apego, son condiciones que favorecen el primer conocimiento de los niños con la comida en un ambiente de placer y tranquilidad que inaugura comportamientos tranquilos y confiados.
Con el amamantamiento en los primeros seis meses, la niña y el niño sienten satisfecha oportunamente su sensación de hambre y poco a poco aprenden a entender ritmos y a autorregular sus ciclos de hambre y saciedad, un factor muy importante para modelar patrones regulares de alimentación. Entre los 6 meses y los dos años un buen hábito es emplear un estilo de alimentación perceptiva, mediado por el afecto y la comunicación activa que estimule la alimentación complementaria apropiada acompañada de la leche materna, y a partir del año de edad, la ingestión de frutas y verduras (El Trompo de los grupos de alimentos)-(Programa: Cinco al día) y demás alimentos ricos en nutrientes, y el hábito de la alimentación en familia estimulando la participación infantil y la autonomía para el ejercicio de la alimentación independiente.
Hasta los dos años las habilidades alimentarias están bien establecidas y como se ha dicho obedecen especialmente a factores biológicos y a la respuesta de los cuidadores a sus señales de hambre y saciedad. Sin embargo, desde los dos y hasta los cinco años la regulación de estas señales se ve muy influenciada por condicionantes externos como el ejemplo de la familia, las prácticas en los centros educativos o los mensajes comerciales de la televisión que pueden alterar los comportamientos alimentarios.
Los efectos de los hábitos alimentarios se incrementan y mejoran con la práctica de otros hábitos como el lavado de las manos antes de preparar y comer los alimentos, el uso de agua segura, la actividad física regular que ayuda a distribuir el peso corporal, la relación adecuada, positiva y sustentable con las personas y el ambiente para fomentar el respeto por la diversidad y no presionar o agotarlos recursos naturales.
Así se gana en muchos aspectos: inocuidad de los alimentos, buen estado de salud y nutrición, reconocimiento y respeto del propio cuerpo, mantenimiento del peso corporal, disfrute de los variados y nutritivos alimentos regionales, formación temprana de la conciencia ecológica y vida saludable en equilibrio con la salud del planeta.
Es deber de los adultos guiar a las niñas y niños para que aprendan a reconocer y valorar la riqueza que ofrece la diversidad de personas, seres, productos y objetos que los rodean. Se pueden planificar actividades y juegos donde aprendan a apreciar y disfrutar de la multiplicidad de opiniones, conocimientos, apariencia, colores, formas, olores y sabores, y a entender que eso hace parte de su cultura y enriquece sus vidas. En el caso de los alimentos, inducirlos en el conocimiento y apreciación del color, forma, sabor, olor, textura y temperatura de los mismos, puede además ayudar a evitar los comportamientos “neofóbicos” de algunas niñas y niños hacia los alimentos nuevos, y por qué no, hacia aquello que es diferente.
Un buen indicio para saber que las niñas y niños están adquiriendo comportamientos alimentarios saludables es que soliciten alimentos con intervalos regulares, que succionen, coman y beban con buen ritmo, que ensayen nuevos sabores y texturas, y manifiesten su satisfacción después de comer. Esto sin duda contribuirá a ampliar sus preferencias alimentarias, a incrementar su gusto por lo diverso y a lograr conductas alimentarias independientes.
Educación alimentaria y nutricional: una forma de fomentar hábitos saludables
El fomento de los hábitos saludables se facilita con la Educación Alimentaria y Nutricional, una actividad que tiene como objetivo orientar a madres, padres, cuidadoras/es, profesionales y educadores en el uso razonable de alimentos saludables, nutritivos y en cantidad suficiente para cubrir las necesidades diarias, promover comportamientos alimentarios saludables y diseñar estrategias para lograrlos, en especial interacciones afectivas, oportunas y de calidad, establecer rutinas y tiempos de comidas consistentes y predecibles, y ofrecer alimentos balanceados y nutritivos en ambientes agradables. Además, la educación alimentaria y nutricional permite fomentar patrones de consumo y comportamientos alimentarios que no presionen o amenacen los recursos del planeta, diversificar la dieta aprovechando la enorme variedad de alimentos locales y de cosecha, educar en la seguridad alimentaria y nutricional que preserve la biodiversidad presente y futura y promover el respeto por los derechos de las personas y los derechos ambientales de todas y todos.
Alimentación y cultura alimentaria: aporte de la alimentación a la construcción de identidad.
La alimentación es el primer evento en la vida de los niños que atrae la atención de las madres, padres, cuidadoras/es y quienes están alrededor de los pequeños, constituyendo un evento social, como también un factor que interviene en la construcción de la identidad y en el sentido de pertenencia a una familia y a una comunidad.
La experiencia de comer está ligada no solo a la nutrición y el crecimiento sino también al aprendizaje de saberes y prácticas alimentarias, a través de las cuales las niñas y niños pequeños aprenden sobre las costumbres del grupo al que pertenecen, sus gustos y preferencias alimentarias y culinarias, y aún los modos de producción alimentaria, todo lo cual va generando en ellos sentido de pertenencia e identidad con su grupo, su cultura y su territorio.
Las relaciones que se crean a través de la experiencia de la comida están influenciadas por múltiples factores dados por los imaginarios sociales sobre la lactancia materna, el apego, la salud, la obesidad, la delgadez, las presiones de la publicidad, la moda, las creencias de los parientes, cuidadoras/es y amigos todo lo cual incide en la elección de amamantar o dar biberón, en la edad del destete, en las expectativas de los padres frente al peso de los hijos y en la selección de los alimentos.
El acto de alimentarse es de este modo una fuente de interacción social en la que intervienen factores biológicos, simbólicos y culturales que modelan los comportamientos alimentarios, los que a su vez influirán en el desarrollo de la autonomía y la afirmación de la identidad. La comprensión de esta cadena de influencias permitirá a los padres y cuidadoras/es promover prácticas alimentarias y hábitos saludables, que respetando el contexto cultural y territorial específico, se adecuen a los requerimientos del desarrollo físico, emocional y social de los niños a la vez que faciliten su inserción en la cultura.
Un aspecto no bien valorado que resulta interesante en la construcción de la cultura alimentaria, es la diversidad de los grupos sociales, ya que la diferencia en sí misma, conlleva saberes, tradiciones e imaginarios alrededor de la alimentación y la nutrición, que al ser intercambiados con otros, generan dinámicas que permiten afianzar las prácticas, innovar y favorecer fusiones con otras culturas culinarias, todo lo cual incrementa la variedad culinaria, confiere estatus social a las cocinas tradicionales y locales, afianza el arraigo y pertenencia a la cultura y enriquece el patrimonio inmaterial de la cultura de nuestros países.
Resignificar el papel de la cultura alimentaria exige el acercamiento a los pueblos étnicos y comunidades campesinas, desde una perspectiva multicultural que nos permita conocer y reconocer su legado a la alimentación y la nutrición en contextos que favorezcan el diálogo de saberes, el intercambio de creencias, imaginarios sociales y opiniones alrededor de los alimentos y las comidas.
Fuente
República de Colombia (2012). Lineamiento Técnico de Alimentación y Nutrición para la Primera Infancia. Comisión Intersectorial para la Atención Integral de Primera Infancia. Estrategia Nacional DE CERO A SIEMPRE
OMS, (2002). Estrategia Mundial de Alimentación y Nutrición del Lactante y el Niño Pequeño, Organización Mundial de la Salud.

jueves, 14 de julio de 2016

Complicaciones metabólicas de la obesidad infantil

La obesidad en la edad pediátrica constituye uno de los problemas de salud pública más importantes de nuestra sociedad. No sólo porque su incidencia está aumentando de forma considerable, sino porque la obesidad del niño tiende a mantenerse en la adolescencia y la del adolescente en la vida adulta.
La obesidad infanto-juvenil constituye un factor de riesgo para el desarrollo a corto término (infancia y adolescencia) y a largo término (vida adulta), de complicaciones ortopédicas, respiratorias, cardiovasculares, digestivas, dermatológicas, neurológicas, endocrinas, ciertas formas de cáncer y en general una menor esperanza de vida.
La obesidad infantil tiende a perpetuarse en la edad adulta produciendo alteraciones en el metabolismo de los hidratos de carbono y en el perfil de los lípidos plasmáticos, favoreciendo el desarrollo de hipertensión arterial y el desarrollo precoz de la aterogénesis. La obesidad durante la adolescencia aumenta el riesgo de Síndrome Metabólico (SM) y la mortalidad cardiovascular en la vida adulta. La mayor parte de las complicaciones metabólicas y cardiovasculares de la obesidad están estrechamente relacionadas con la presencia de hiperinsulinemia y de resistencia a la insulina.
Asimismo, recientemente se ha podido comprobar que las alteraciones en el patrón de la distribución corporal de la grasa (subcutánea y visceral) o su depósito en localizaciones no habituales, como en el hígado y en el músculo, son factores determinantes en el desarrollo de la resistencia a la insulina en niños y adolescentes.
Estudios recientes, mediante resonancia magnética, han demostrado que los ácidos grasos libres inhiben la cascada de acción de la insulina y bloquean el efecto de la insulina sobre la translocación de los transportadores de glucosa GLUT-4 desde sus lugares de almacenamiento intracelular hacia la membrana plasmática, con lo cual disminuye el transporte efectivo de glucosa mediado por la insulina hacia el interior de la célula.
La sobreoferta de ácidos grasos libres que traspasan el filtro hepático favorecen su distribución y depósito en otros tejidos, pero muy especialmente a nivel del espacio miocelular del músculo esquelético, donde se ha comprobado que su acumulación está estrechamente relacionada con la disminución de la sensibilidad periférica a la insulina.
El depósito de material lipídico en este espacio está ya presente en las fases iniciales del desarrollo de la obesidad infantil. En poblaciones pediátricas obesas la existencia de estados de resistencia a la insulina pueden ser el punto de partida para el desarrollo posterior de diabetes tipo 2 y/o SM, habiéndose definido recientemente la prediabetes tipo 2 en el adolescente obeso.
Obesidad y síndrome metabólico (SM) en niños y adolescentes
El SM ha sido definido como la asociación de varios factores de riesgo precursores de enfermedad cardiovascular arteriosclerótica y de diabetes tipo 2 en el adulto. Ya en 1988, Reaven observó que algunos factores de riesgo, como la hiperinsulinemia/insulinorresistencia, la alteración de la tolerancia a la glucosa/diabetes tipo 2, la hipertensión arterial (HTA) y la dislipemia, solían aparecer frecuentemente agrupados. Denominó a esta asociación síndrome X y la reconoció como un factor de riesgo para presentar enfermedades cardiovasculares. Posteriormente, postuló que la insulinorresistencia desempeñaba un papel primordial en su fisiopatología y de ahí que también comenzara a denominársele como síndrome de insulinoresistencia.
La obesidad no fue incluida originalmente en la descripción original de Reaven, pero hoy en día está ampliamente documentado que la obesidad desempeña un papel central en la génesis del SM.
En la actualidad está bien establecido que la asociación de la obesidad con el SM y el riesgo cardiovascular no depende exclusivamente del grado de obesidad, sino que se encuentra muy estrechamente relacionado con el patrón corporal de distribución grasa y con el contenido de grasa abdominal (adiposidad central). Por este motivo, recientemente la Asociación Americana de Cardiología y la Federación Internacional de Diabetes recomiendan estimar indirectamente su contenido mediante la medición del perímetro de la cintura en aquellos pacientes pediátricos y adolescentes con riesgo de insulinorresistencia e incluirla como criterio imprescindible para diagnosticar el SM en la edad pediátrica, ya que el IMC es un indicador poco sensible para evaluar la distribución grasa y que la sensibilidad a la insulina en los niños y adolescentes obesos y con un IMC similar se encuentra significativamente más reducida en aquellos que tienen un mayor contenido de grasa visceral.
De todos modos está por determinar si estos criterios diagnósticos son o no adecuados para identificar los niños y adolescentes con SM cuando sean adultos.
En definitiva, el estudio sistemático de la presencia de complicaciones metabólicas (estados de resistencia a la insulina y/o SM) debe efectuarse de forma rutinaria en los niños y adolescentes obesos con objeto de identificar aquellos sujetos con mayor susceptibilidad y riesgo para presentar en etapas relativamente tempranas de la vida adulta diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular precoz. La identificación de estos trastornos metabólicos en los niños y adolescentes obesos debe promover la adopción, en primera instancia, de medidas enérgicas dirigidas fundamentalmente hacia la modificación de sus hábitos nutricionales y estilos de vida. Reconcomiendo – a nuestro entender- a la escuela-maestro como el lugar donde se pueden; identificar, acompañar y sensibilizar a la familia-comunidad en la prevención temprana de esta situación.  

Fuente:
Yeste, D. y Carrascosa, A. (2011). Complicaciones metabólicas de la obesidad infantil. An Pediatr (Barc). 2011;75 (2):135.e1—135.e9.

jueves, 7 de julio de 2016

Ingesta de azúcares recomendada por la OMS para adultos y niños

En la nueva directriz sobre la ingesta de azúcares para adultos y niños (Guideline: Sugars intake for adults and children) de la Organización Mundial de la Salud (OMS), recomienda reducir el consumo de azúcares libres a lo largo del ciclo de vida.
Tanto para los adultos como para los niños, el consumo de azúcares libres se debería reducir a menos del 10% de la ingesta calórica total. Una reducción por debajo del 5% de la ingesta calórica total produciría beneficios adicionales para la salud.
Los azúcares libres frente a los azúcares intrínsecos
Las recomendaciones contenidas en la directriz se centran en los efectos documentados para la salud que produce la ingesta de «azúcares libres». Estos incluyen los monosacáridos y los disacáridos añadidos a los alimentos por los fabricantes, los cocineros o los consumidores, así como los azúcares presentes de forma natural en la miel, los jarabes, los jugos de fruta y los concentrados de jugo de fruta.
Los azúcares libres se diferencian de los azúcares intrínsecos que se encuentran en las frutas y las verduras enteras frescas. Como no hay pruebas de que el consumo de azúcares intrínsecos tenga efectos adversos para la salud, las recomendaciones de la directriz no se aplican al consumo de los azúcares intrínsecos presentes en las frutas y las verduras enteras frescas.
Recomendaciones firmes
Las recomendaciones para reducir la ingesta de azúcares libres a lo largo del ciclo de vida se basan en el análisis de los últimos datos científicos. Estos datos muestran, en primer lugar, que los adultos que consumen menos azúcares tienen menor peso corporal y, en segundo lugar, que el aumento de la cantidad de azúcares en la dieta va asociado a un aumento comparable del peso. Además, las investigaciones evidencian que los niños con los niveles más altos de consumo de bebidas azucaradas tienen más probabilidades de padecer sobrepeso u obesidad que aquellos con un bajo nivel de consumo de este tipo de bebidas.
La recomendación se apoya además en datos que evidencian que un consumo de azúcares libres superior al 10% de la ingesta calórica total produce tasas más elevadas de caries dental que un consumo inferior al 10% de la ingesta calórica total.
Dada la calidad de los datos probatorios, la OMS califica estas recomendaciones como «firmes»: pueden ser adoptadas como políticas en la mayoría de los contextos. Los países pueden dar curso a estas recomendaciones mediante la elaboración de directrices dietéticas basadas en los alimentos, teniendo en cuenta los alimentos disponibles y las costumbres alimentarias a nivel local.
Otras opciones normativas incluyen el etiquetado de los alimentos y el etiquetado nutricional, la concienciación de los consumidores, la regulación de la comercialización de los alimentos y las bebidas no alcohólicas con un alto contenido en azúcares libres, y la aplicación de políticas fiscales dirigidas a los alimentos con un alto contenido en azúcares libres. Las personas pueden poner en práctica estas recomendaciones modificando la manera en que eligen los alimentos.
Reducción adicional: una recomendación condicional
Dada la naturaleza de los estudios existentes, la recomendación de reducir el consumo de azúcares libres a menos del 5% de la ingesta calórica total se presenta como «condicional» en el sistema de la OMS de formulación de directrices basadas en datos probatorios.
Se han realizado pocos estudios epidemiológicos en poblaciones con bajo consumo de azúcares. Solo existen tres estudios nacionales de población que permiten realizar una comparación entre la tasa de caries dental correspondiente a un consumo de azúcares inferior al 5% de la ingesta calórica total y la correspondiente a un consumo de azúcares superior al 5% e inferior al 10% de la ingesta calórica total.
Estos estudios ecológicos de base poblacional se realizaron en un periodo en que la disponibilidad de azúcares descendió radicalmente de 15 kg por persona y año antes de la Segunda Guerra Mundial a apenas 0,2 kg por persona y año en 1946. Este «experimento natural», que demostró una reducción de la caries dental, constituye la base de la recomendación de que la reducción del consumo de azúcares libres por debajo del 5% de la ingesta calórica total proporcionaría beneficios adicionales para la salud en forma de reducción de la caries dental.
El tratamiento de enfermedades dentales consume del 5% al 10% de los presupuestos sanitarios en los países ricos. La caries dental no se suele tratar en los países de ingresos más bajos, donde su costo excedería todos los recursos financieros disponibles para la atención de la salud infantil.
La OMS formula recomendaciones condicionales —incluso cuando la calidad de las pruebas no es elevada— sobre cuestiones que revisten importancia para la salud pública. Se habla de recomendación condicional cuando los efectos deseables de su cumplimiento probablemente compensan los efectos indeseables, aunque la proporción de unos y otros no se puede establecer con precisión; por tanto, es preciso entablar diálogos y consultas con las partes interesadas antes de plasmar la recomendación en una política.
Revisión futura de la directriz
Está previsto actualizar la directriz en 2020. La actualización de las recomendaciones se beneficiaría de la realización de investigaciones en las siguientes esferas:
El efecto de la ingesta de azúcares libres sobre el metabolismo
Estudios a más largo plazo sobre las consecuencias de los cambios en la ingesta de azúcares libres para la salud
Los umbrales por encima de los cuales el consumo de azúcares libres aumenta la ganancia de peso
La eficacia de los cambios de comportamiento en la reducción de la ingesta de azúcares libres
Estudios de cohortes para evaluar el riesgo de caries dental en diferentes niveles de ingesta de azúcar.

Fuente:
Nota informativa sobre la ingesta de azúcares recomendada en la directriz de la OMS para adultos y niños
Organización Mundial de la Salud, 2015

jueves, 30 de junio de 2016

Los productos ultra-procesados y la salud

El proceso de industrialización de la agricultura ha producido transformaciones importantes en alimentación. La revolución en la agricultura hace 10,000 años fue posible gracias a la domesticación de varios granos y cereales. Con ello la disponibilidad de calorías se incrementó y fueron posibles tanto el crecimiento poblacional como el desarrollo de varias civilizaciones. Sin embargo, desde el punto de vista nutricional se trató de un retroceso en la calidad de la dieta que se manifestó en deficiencias de proteína y varios micronutrientes.
Evidencias arqueológicas han mostrado que esa desventaja dietética se tradujo en la pérdida de varios centímetros de estatura. Sin duda que una dieta centrada en pocos cereales, comparada a la de los cazadores-recolectores (mucho más diversa y rica en fuentes vegetales) tenía una inferior razón de nutrientes/calorías. La atención prestada a las deficiencias nutricionales desde fines del siglo XIX y también una creciente diversificación de la dieta en algunas regiones del mundo, volvió a mostrar el potencial humano en crecimiento, desarrollo y rendimiento en el trabajo físico.
Pero resulta que la re-emergencia de la diversidad como patrón de alimentación, ha durado poco, visto desde una perspectiva evolutiva. En el último medio siglo hemos asistido a la aparición de la llamada “dieta occidental” conformada por alimentos industrializados como azúcar y harinas refinadas, aceites y carnes rojas, productos estos que también se utilizan en la producción masiva de productos empaquetados listos para consumir. A estos productos nos referimos aquí como productos ultra-procesados (PUP) tomando la definición del Centro de estudios epidemiológicos en salud y nutrición de la Universidad de Sao Paulo.
Los PUP son productos listos (o casi listos) para ser consumidos, utilizan como ingredientes sustancias refinadas provenientes de alimentos, aditivos químicos diversos, sal, azúcar y grasas en combinaciones cuidadosas que los hacen productos de alta palatabilidad y largo tiempo de caducidad, comparados a los alimentos naturales que son perecibles. También, los PUP se caracterizan por tener precios relativos bajos, ser ubicuos, y estar respaldados por un mercadeo poderoso. Su creciente presencia contribuye al desplazamiento de la costumbre de cocinar, a la socialización que acompaña las comidas y al abandono de tradiciones culinarias. En este proceso el poder de decisión de las personas y familias, sobre qué y cómo comer, es progresivamente cedido a las industrias de productos ultra-procesados.
Uno de los ingredientes favoritos en los PUP es el azúcar que en menos de un siglo se sitúa en niveles de consumo que amenazan seriamente la salud humana. Se sabe que el azúcar (azúcar de mesa, miel y jugos concentrados) es tóxica cuando se consume a los actuales niveles que se sitúan entre 200 a 500 calorías de azúcar por persona por día. Estos niveles de consumo causan estragos en nuestro sistema homeostático (que mantiene en balance la ingesta y gasto de calorías), desbaratan los mecanismos del hambre y la saciedad, generando adicción y producen obesidad, hipertensión y diabetes.
Nuestro patrimonio cultural.
La calidad de los alimentos y las habilidades culinarias son otro de los aspectos clave que determinan los patrones alimentarios y la seguridad alimentaria. Ellos también, como nuestra salud, están en peligro. Muchas culturas culinarias formadas en siglos de armonía e interacción con la agricultura están amenazadas con extinguirse y, en algunos casos, ya han desaparecido. En este proceso, el agricultor y consumidor urbano se han distanciado en la cadena alimentaria hasta casi no reconocerse el uno al otro. Es claro que el productor ha sido arrinconado a la actividad agrícola más básica y todas las demás facetas de la economía agraria virtualmente han sido capturadas por intermediarios poderosos que imponen sus condiciones.
Incrementar la producción de alimentos naturales es una necesidad del momento, pero también el recuperar otros tramos de la economía agraria como son el procesamiento básico de alimentos, empaquetamiento, almacenaje, transporte y venta de comidas, etc. Los sistemas alimentarios sostenibles tienen como principal característica el respeto del principio básico de integridad ecológica, que entre otras cosas, implica proteger y restaurar la integridad de los sistemas ecológicos, con especial preocupación por la diversidad biológica, la protección del ambiente, y la adopción de patrones de producción, consumo y reproducción que salvaguarden las capacidades regenerativas de la Tierra.
Se debe promover el consumo de dietas saludables, basadas por un lado, en la producción local y de temporada de alimentos agroecológicos y por otro lado, en la promoción de circuitos cortos de comercialización como oportunidad para aumentar el valor añadido y establecer un vínculo más estrecho entre el productor, el consumidor y el territorio y promover el comercio justo. Todas estas actividades económicas pueden y deben ser democratizadas y promovidas desde la Educación Alimentaria y Nutricional.
Fuente:
Una mirada integral a las políticas públicas de agricultura familiar, seguridad alimentaria, nutrición y salud pública en las Américas: Acercando agendas de trabajo en las Naciones Unidas. Organización Mundial de la Salud/Organización Panamericana de la Salud. 2014
http://www.fao.org/fileadmin/user_upload/rlc/eventos/231982/doc_20140509_es.pdf


jueves, 23 de junio de 2016

Derecho a la alimentación: pieza clave para el Desarrollo Integral de la Primera Infancia

Desde un enfoque político de derechos, se define el alimento como un bien que debe ser alcanzable por la gente y garantizado por el Estado, eliminando para ello las situaciones de vulnerabilidad de las poblaciones que impiden su pleno desarrollo social, económico y cultural, condiciones indispensables para la garantía plena de sus derechos humanos.

El Derecho a la Alimentación
De acuerdo al Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC), de las Naciones Unidas. “El derecho a la alimentación adecuada se ejerce cuando todo hombre, mujer o niño, ya sea sólo o en común con otros, tiene acceso físico y económico, en todo momento, a la alimentación adecuada o a medios para obtenerla. El derecho a la alimentación adecuada no debe interpretarse, por consiguiente, en forma estrecha o restrictiva asimilándolo a un conjunto de calorías, proteínas y otros elementos nutritivos concretos. El derecho a la alimentación adecuada tendrá que alcanzarse progresivamente. No obstante, los Estados tienen la obligación básica de adoptar las medidas necesarias para mitigar y aliviar el hambre, incluso en caso de desastre natural o de otra índole”.
Para la correcta aplicación del derecho, la Observación General N°12 del mismo Comité definió sus componentes esenciales así:
Disponibilidad: las posibilidades del individuo para alimentarse ya sea directamente, explotando la tierra productiva u otras fuentes naturales de alimentos, o mediante sistemas de distribución, elaboración y comercialización adecuada, y que puedan trasladar los alimentos desde el lugar de producción a donde sea necesario según la demanda.

Accesibilidad: asegurar que los alimentos disponibles y los recursos productivos estén al alcance de todos los sectores de la población, sin discriminación alguna y sin barreras geográficas, físicas o económicas que impidan a las personas o grupos satisfacer autónomamente sus necesidades alimentarias.
Utilización: uso apropiado de los alimentos por parte del cuerpo humano (aprovechamiento biológico). Implica el conocimiento de los principios básicos de la nutrición y los cuidados apropiados de los niños, las técnicas higiénicas para el almacenamiento y elaboración de alimentos, la atención sanitaria, el agua potable y los servicios de saneamiento básico.

Derecho a la alimentación de la primera infancia.

El derecho a la alimentación está consignado en los tratados y pactos internacionales de derechos humanos y en las normas nacionales que los adoptan. En el plano internacional se destacan la Declaración Universal de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (1948), El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales - PIDESC (1966), la Convención Internacional sobre los Derechos de los niños - CDN (1989) y la Convención contra todas las formas de discriminación hacia la mujer -CEDAW (1979). En cuanto a los grupos étnicos, el derecho a la alimentación está contenido en la declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas (2007).
El ejercicio del derecho a la alimentación en interdependencia con sus demás pares de derechos fundamentales, hace posible el bienestar y la vida digna, convirtiéndose en parte constitutiva del desarrollo humano, y en consecuencia, parte esencial del derecho al desarrollo integral de la primera infancia. Este, que es el derecho al desarrollo Infantil Temprano, tiene como componentes la salud, la nutrición y la educación inicial, cimientos para el desarrollo de las potencialidades de las niñas y niños, y es reconocido actualmente como el mejor índice de desarrollo de una sociedad.
La desnutrición crónica en la infancia, constituye el mejor ejemplo que ilustra de qué modo la falta de acceso a oportunidades y las desigualdades sociales impiden que ciertos grupos puedan disfrutar del derecho a la alimentación.
La desnutrición crónica (déficit de estatura para la edad) en los primeros años de la vida, es la manifestación de una serie de carencias acumuladas que reúnen deficiente ingesta de alimentos nutritivos, pobre afecto y estimulación, escaso o nulo acceso a los servicios de salud, y ambiente insalubre, ocasionando alteraciones permanentes e irreversibles en el desarrollo neurológico y mala salud que obstaculizan para siempre el éxito en la vida de las niñas y niños, y constituyen por tanto una violación de sus derechos.
Las niñas y niños desnutridos tienen capacidades cognitivas disminuidas que dificultan su rendimiento mental por lo cual presentan extra-edad en el ingreso a la escuela, repitencia, fracaso escolar, baja productividad en la vida adulta y limitaciones para criar y educar a sus hijas e hijos, con lo cual se crea un círculo vicioso que convierte a las niñas y niños desnutridos en madres y padres de nuevas generaciones de desnutridos, lo que se conoce como el ciclo intergeneracional de la pobreza que perpetúa la exclusión social.
Otro sentido guarda relación con la diferencia misma de los grupos excluidos, que significa reconocer sus distintos saberes, identidades e imaginarios sociales alrededor de un hecho dado, en este caso, la alimentación y la nutrición, saberes que enriquecen el patrimonio cultural culinario y constituyen elementos clave en la construcción de la identidad de los niños y las niñas en sus contextos específicos. A este propósito se resalta la importancia de inculcar en ellos desde muy temprana edad el gusto y el respeto por las diferencias, haciéndoles ver que estas les aportan distintas formas de ver y entender la vida.

Fuente
Del Castillo Sara E., (2012). La Seguridad alimentaria como derecho: mucho más que la evolución de un concepto. Observatorio de Seguridad Alimentaria y Nutricional, OBSAN, Universidad Nacional de Colombia, en http://es.scribd.com/doc

República de Colombia (2012). Lineamiento Técnico de Alimentación y Nutrición para la Primera Infancia. Comisión Intersectorial para la Atención Integral de Primera Infancia. Estrategia Nacional DE CERO A SIEMPRE