jueves, 28 de marzo de 2019

Historias de Oscar Yanes: “La sopa de letras y el manchao”


Óscar Armando Yanes González, (1927-2013). Caraqueño, de la parroquia San Juan. Alias “chivo negro”. Periodista, escritor, cronista, político. Yanes se anotó en la escuadra fundadora de Últimas Noticias y allí permaneció unos años.

A los 25 años asume la dirección del periódico La Esfera. Ramón David León, quien le dio la oportunidad a los 13 años de conocer el mundo del periodismo, le entrega su oficina y su cargo 12 años después. Yanes se anotó en la escuadra fundadora de Últimas Noticias y allí permaneció unos años.
A los 25 años asume la dirección del periódico La Esfera. Ramón David León, quien le dio la oportunidad a los 13 años de conocer el mundo del periodismo, le entrega su oficina y su cargo 12 años después
Encabezó el equipo que Venevisión enviado en 1966 a Vietnam como corresponsal de guerra y jefe de prensa. Se destacó como profesor de la primera promoción de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Central de Venezuela y dictó cátedra en la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas
Ganó en tres ocasiones el Premio Nacional de Periodismo, el Premio Monseñor Pellín y el Primer Premio de la Asociación de Escritores de Venezuela. Considerado como uno de los pioneros en periodismo televisivo, en particular las entrevistas frente a las cámaras, se hizo famoso por sus programas de televisión en Venevisión, particularmente de Así son las Cosas, de ahí su frase, donde llevó a cabo investigaciones históricas que revelan desconcertantes acontecimientos en la sociedad venezolana, y su anterior programa, Un fiel creyente de la justicia y la verdad, un Historiador de arraigo con una gran pasión por la Venezuela que lo vio crecer 
Qué falta hace…
En los tiempos del benemérito general Juan Vicente Gómez, (1908-1935). Venezuela era un país pobre. Sin embargo, después de su muerte comenzaron los venezolanos a invadir la gastronomía exterior porque llegaban al país las mejores delicatesses del mundo, como se solía decir entonces. Todo era importado y a precios irrisorios; esas delicias llegaban del exterior porque nosotros teníamos una gastronomía muy primitiva, sabrosa y sencilla pero primitiva. Hasta los años 1940, todo el jamón que consumíamos era serrano o de parma y podíamos comprar medio de jamón, sí, medio, dos lochas de jamón sin que nos diera pena, sin sonrojarnos.
Todo el queso amarillo venía de Holanda y también vendía una locha de ese queso sin ningún problema; usted llegaba a una pulpería y decía: “deme una locha de queso holandés”, y le daban su queso amarillo. La gente no llamaba al queso de Holanda, queso holandés sino queso amarillo; dos personas podían desayunar entonces con una locha de queso amarillo. Las arepas costaban un centavo, unas arepas hechas en budare que le sacaban lo negro, la manchita negra se la quitaban con unos pedacitos de cuchillo.
El aceite comestible tenía el nombre genérico de aceite de comer y se empleaba exclusivamente para aderezas las ensaladas, porque todo el mundo utilizaba manteca de cochino para preparar las comidas.
En aquella época no se hablaba del colesterol. Los aceites venían de España, de Francia o Italia, y nadie le interesaba la marca, ni la procedencia; los muchachos iban a la pulpería con una botella vacía y podían comprar una locha o medio de aceite y vinagre y le decían al pulpero “y me da mi ñapa de Ruller”. Siempre se compraba revuelto aceite y vinagre, a nadie se le ocurría freír un huevo con aceite. La gente lo que usaba era manteca de cochino.
En cuanto a la mantequilla, toda la que comíamos era danesa y con una locha se arreglaban tres arepas. La vendían en una forma muy curiosa que ya desapareció, y consistía en que la colocaban en un papelito doblado, con el riesgo que se derritiera por el sol. En aquella época, sin embargo, la gente se seguía quejando de los precios y decía “es que no se puede vivir, usted sabe lo que es una mano de cambures cueste una locha”.
Uno de los grandes problemas que se presentó en Venezuela después de la muerte del general Gómez (1935), fue que los precios comenzaron a subir y por ejemplo, el tranvía que costaba una locha subió a medio, y la gente decía “que falta hace el benemérito, que en paz descanse”…
El hueso de los Yanes
“Oiga mijo vaya a casa de los Yanes y pídale que le presten el hueso”, le decían al muchacho de la casa, y ese carricito salía corriendo a la casa donde vivían los Yanes y allá le presentaban un hueso; pero ustedes dirán y ¿qué es eso de que le presten el hueso? Bueno, es una historia muy sencilla; en ocasiones memorables cuando se celebraba un cumpleaños o una fecha extraordinaria como el 19 de Abril o el 5 de Julio, cuando había algo que recordar, entonces en las casas se mejoraba la comida y generalmente se apelaba al hueso, y ¿qué es el hueso?, bueno vamos a hacer un poco de historia.
Caracas fue auténtica, hasta 1940; todo el mundo incluso la gente adinerada, vivía dentro del casco de la ciudad; la urbanización, por el este, lo más lejos que llegaba era al parque Los Caobos, después lo que venía era monte y culebra. Por ello, los de una cuadra y hasta los de una manzana se conocían entre sí; todo el mundo se conocía en Caracas; pues bien la gente sabía que en la casa de fulano de tal tenían un hueso para darle gusto a la sopa y nadie de avergonzaba en pedírselo prestado con el mismo fin y lo devolvían lo más rápido posible. Había una frase común en todas las familias “así somos pobres pero honrados”
Lasopa de letras
Desde principios del siglo XX comenzamos a comer pasta en Venezuela pero con un concepto muy parroquiano. Todo era muy sencillo, desde el nombre de la pasta hasta la forma como se preparaba. La gente siempre asociaba la pasta y especialmente el espagueti a los italianos.
Lo cierto era que la costumbre entonces consistía en sancochar la pasta y luego de escurrirla se le daba color con onoto, mantecado o con la salsa sobrante del llamado asado negro, el muy apreciado asado negro. Una locha de queso, rayado en casa, era suficiente para cuatro porciones de pasta.
En Caracas y en las ciudades más importantes de Venezuela sólo conocían los espagueti, los macarrones, las cinticas, los caracolitos, los fideos y una sopa muy curiosa en forma de letras, que la gente llamaba “sopa de letras”.
Mucha gente aprovechaba para comer lo que llaman el “manchao”, no decían el manchado, que era espagueti con caraotas; aquí en Caracas se hizo muy famoso el manchao del Rey de Espagueti, en la esquina de Piñango. Esto era clásico.
Todo caraqueño que se estimaba se comía su manchao, los parroquianos asiduos decían “tírame un manchao, y mánchao bastante” –es decir, mánchalo bastante era que le colocaran bastante caraotas-.
Hoy en día, la gente sigue comiendo pasta, pero debido a los precios del queso la comen hasta sola o con mantequilla; y hemos inventado una serie de platos a base de pasta, por ejemplo la pasta mezclada con sardinas.
A partir de la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a llegar a Venezuela, como a casi todas partes en Latinoamérica, una serie de productos exóticos, quesos importados y muy finos de Italia y la gente se fue refinando en la elaboración de la pasta.
Comenzaron a ser familiares para nosotros nuevos nombres como: pasticho, lasaña, canelones, carbonara, tortellini, tortelones, fetuchinis y hasta uno muy curioso la pasta putanesca.
Hoy el espagueti ha desplazado  a una serie de platos tradicionales en Venezuela, incuso desplazando a arroz, y la gente consume espagueti porque dentro del alto costo de la vida, todavía la pasta sigue teniendo un precio razonable.
Fuente:
Oscar Yanes (2010). Así son las cosas. Editorial Planeta Venezolana.

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