jueves, 30 de mayo de 2019

Las tradiciones alimentarias como referente de identidad cultural


Se ha repetido numerosas veces que el acto alimentario no se reduce al mero plano biológico, sino que conlleva decisiones psicológicas y culturales.
No sólo satisfacemos el hambre, también, en condiciones normales, ingerimos los alimentos que nos complacen individualmente, buena parte de los cuales forman parte de aquellos que constituyen la cocina que estamos habituados por tradición. Así puede hablarse de “mi gusto” para referirnos a los primeros y de “nuestro gusto” para indicar los segundos.
Esa dicotomía que presenta la realización del acto alimentario es producto de un complicado proceso que, según los especialistas, se inicia en el útero materno y tiene que ver con la precoz capacidad del ser humano para la percepción sensorial y la distinción mental, y continúa sin cesar hasta la muerte.
Sin embargo, es en el período de la infancia cuando las impresiones se fijan con mayor fuerza hasta el punto de que el adulto se encuentra ya con un patrón gustativo que determina si no definitiva, sí considerablemente su dieta.
Este desarrollo que conduce a la fijación de nuestro modo de comer tiene como factor limitante las particularidades biológicas de cada uno, pero se inscribe dentro del fenómeno más amplio y más influyente de la socialización. De forma que nuestra personalidad gastronómica, si se puede decir así, no responde necesariamente a las leyes de la nutrición sino preferentemente a conductas adquiridas durante el complejo proceso de endoculturización culinaria.
Si se nos pidieran los rasgos de nuestra identidad cultural, en muchos casos, recurriríamos a la distinción alimentaria, es decir, a lo que comemos por contraposición con lo que los otros comen, pues lo que constituye nuestra práctica alimentaria colectiva es una de las características más resaltantes del grupo al que pertenecemos.
Los mexicanos y los venezolanos comparten uno de los alimentos básicos de su dieta, el maíz. Los mexicanos lo consumen generalmente en forma de tortillas y los venezolanos en forma de arepas.
Si en algún guiso interviene como ingrediente la salsa de soya, tendremos de inmediato a relacionarlo con la cultura china; si en una ensalada tiene orégano, aceite de oliva y aceitunas juzgaremos que se trata de un plato de la cocina mediterránea.
En el caso de Venezuela, nos encontramos con una realidad gastronómica compuesta por al menos dos grupos: uno, que acostumbrado desde la infancia a consumir nuestras preparaciones típicas (arepas, hallacas, bienmesabe, etc.), no tiene dificultad en cuanto a su identidad cultural alimentaria, y otro, que por no haber recibido en su infancia el conocimiento de esos platos típicos, habiendo llegado a adulto, muestra serias dificultades respecto de esa identidad.
Este último grupo está en considerable y preocupante crecimiento. Por ello, si apreciamos en su justo valor nuestra cultura, debemos sentirnos, sin duda, impulsados a actuar en pro de su salvaguarda.
No basta para lograr la meta señalada el discurso teórico, es necesario plantearse un plan de acción que permita salvaguardar ese patrimonio cultural, a cuyo efecto presentamos algunas ideas.
1. Consideramos necesario sensibilizar a los integrantes de nuestra sociedad en relación con la importancia que tienen nuestras tradiciones alimentarias. Ellas constituyen parte del Patrimonio Nacional Cultural.
De allí que uno de los primeros pasos que ha de darse es el de definir nuestro patrimonio alimentario típico, recopilando recetas nomenclatura, prácticas, hasta formar un inventario que cubra todas las regiones del país.
2. Siendo la infancia la etapa vital en la cual se configura con nitidez el patrón cultural, es necesario que en las escuelas de educación básica se incluya una instrucción destinada a familiarizar a los educandos con nuestras preparaciones típicas.
Esta transmisión de conocimientos alimentarios hecha desde una temprana edad, contribuiría a la formación de la memoria gustativa y fortalecería la identidad cultural de los venezolanos.
3. Dado que en los últimos años se han manifestado numerosas vocaciones por el oficio de la cocina, convendría incluir  en sus programas cursos de cocina venezolana.
Pues quienes adquieran conocimientos culinarios de manera profesional  podrían constituirse, en el ejercicio de su carrera, en factores de divulgación de nuestros plantos típicos.
Creemos que es imprescindible infundir a nuestros hábitos alimentarios una buena dosis de venezolanismo, sobre todo en nuestra época de crisis de valores  colectivos.
Fuente:
José Rafael Lovera (2006). Gastronáuticas. Ensayos sobre temas gastronómicos. Fundación Bigott. Caracas.


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