martes, 30 de junio de 2015

La Familia, la Escuela y la Comunidad. ¿Son corresponsables de la educación nutricional?

La edad escolar es un momento privilegiado para conseguir la introducción de hábitos alimentarios saludables. Pero cuando el niño y la niña acceden al medio escolar, incluso los que empiezan su escolarización en los primeros años de su vida (Educación Inicial -maternal/preescolar-), llegan al Centro con unos hábitos alimentarios adquiridos en su entorno familiar que pueden entrar en conflicto con nuevas propuestas que no estén en la misma línea. Curiosamente, la fuerza de las recomendaciones del maestro en el aula o en el comedor del centro, así como las actitudes y hábitos de otros compañeros de clase, tienen una gran influencia en los niños. Esta situación puede modificar el consumo de alimentos, de tal forma que algunos platos que los niños y las niñas rechazan en sus casas, después de la convivencia en el medio escolar con otros compañeros o, por las propias sugerencias y estímulos de los maestros, se incorporan a su dieta y los piden en su casa.
Estas acciones educativas tienen un gran valor en la configuración de los hábitos alimentarios en el periodo de la infancia en la que pueden incorporarse con menor dificultad conductas positivas que ayuden a promover la salud de los niños pero, además, refuerzan los consejos de los padres. Uno de los problemas que puede surgir es la falta de comunicación entre padres y maestros, con mensajes distintos ante un niño sorprendido que enfrenta el cariño hacia sus padres con el afecto y la buena relación que siente por su maestra en la escuela.
No hay que olvidar que en una persona que se está formando, si se quieren obtener buenos resultados, hay que intentar que exista una total coherencia en los mensajes que recibe con el fin de que no entren en conflicto ni les planteen dudas, pues ante una situación confusa se tiene la tendencia a decantarse por lo más cómodo, por aquello que mejor responde a nuestros gustos y tendencias personales. En el niño hay que crear un sentido de disciplina y ofrecerle una figura de respeto, autoridad y cariño cuyas decisiones no son arbitrarias sino que responden a unos objetivos educativos y de desarrollo personal. Desde su edad los escolares lo aprecian, aunque no lo reconocen, porque son miles las dudas que se les plantean en cada edad por su propia situación de evolución constante, sus inseguridades y sus miedos.
Si todo esto no se hace, el niño buscará sus aliados y ante las discrepancias se apoyará en lo que responda a sus preferencias personales, independientemente de la bondad de los hábitos que se conformen. El niño imita a quienes quiere y constituyen para él un referente muy valioso que le permiten crecer en todos los aspectos físico y psicosocial. Cuando se mueve entre decisiones ambiguas y contradictorias se siente perdido. Es función de los padres y educadores crear un ambiente propicio para su normal desarrollo dentro de sus circunstancias personales y características individuales.
Por esta razón nunca se insistirá bastante en la necesidad de que la Escuela y la Familia colaboren, se apoyen mutuamente e informen en la misma dirección; si es necesario debatiendo, desde su perspectiva de adultos responsables y educadores que conocen las mejores técnicas para orientar y conducir el proceso de formación de niños y adolescentes. Esta actitud les permitirá obtener la máxima eficacia del proyecto educativo. Hay que reconocer, no obstante, que la Escuela está en las mejores condiciones para reforzar los aspectos positivos que empezaron a aprenderse junto a la familia y contrarrestar, mediante sus actividades y consejos, aquellos que no contribuyen a la salud y que deben ser modificados.
La comunidad y su relación con la educación nutricional
En el mundo actual la información es un valor pero con frecuencia se confunden los conceptos información y educación utilizándolos indistintamente. Se han hecho muchos esfuerzos informativos para hacer llegar mensajes de salud y nutrición a la población. La comunicación en salud ha alcanzado un gran desarrollo técnico y su presencia en la vida de hoy es reconocida, lo cual no significa que, necesariamente, se haya conseguido pasar de la información a la educación, aunque ésta sea una etapa previa.
La educación aspira a cumplir expectativas más profundas: reflexión, movilización de actitudes, desarrollo de habilidades y destrezas y, lo que es más importante, logro de conductas permanentes que nos ayuden a prevenir la enfermedad y proteger y promover la salud. La educación alimentaria y nutricional (EAN) ha sido el instrumento utilizado por los educadores para intentar modificar los hábitos alimentarios incorrectos de las poblaciones, conociendo y describiendo la situación de los diferentes grupos a quienes se quiere educar, utilizando los recursos mejor adaptados al medio y estimulando su participación directa para que el hecho educativo alcance la mayor eficacia.
Al analizar los programas de educación nutricional hay que partir del propio concepto de educación y de la gestión pedagógica que lleva implícito. El cambio de hábitos alimentarios no puede producirse exclusivamente por el conocimiento de los valores nutritivos de los alimentos, puesto que la comida de cada día es una vivencia muy diversa, matizada de tradiciones, creencias, símbolos, convicciones y modas. En definitiva se produce en un entorno histórico, geográfico y tiene sus raíces en la familia y en la comunidad de origen.

¿Quiénes deben ejercer las acciones en educación nutricional?
La educación alimentaria y nutricional de una población alcanza los mayores niveles de éxito desde la acción conjunta y coherente de las diferentes instituciones. El ser humano recibe, desde su nacimiento y durante toda su vida, una serie de normas de conducta y refuerzos, positivos o negativos, que le decantan en la toma de decisiones, en la elección y consumo de alimentos. El nivel de intensidad y las posibilidades de transmisión e implantación de los diferentes mensajes que recibe el individuo adquieren mayor credibilidad y, en consecuencia, mayor eficacia, dependiendo de la fuente de donde proceden y de la forma en que se emiten.
La familia constituye la primera fuente de información que tiene el niño y por sus características es, además, una fuente privilegiada porque su contexto afectivo matiza cada propuesta con sentimientos de protección, respeto y amor. La familia es la primera institución responsable de la instauración de los hábitos alimentarios en sus miembros. Durante los primeros años de la vida el niño recibe un cúmulo de nociones, creencias y habilidades en relación con el consumo de alimentos y los recibe en el marco psicoafectivo y socializador de su familia. Aprende los primeros conceptos de valor, la idea de salud y el patrón alimentario adecuado o inadecuado. El ambiente familiar puede transmitirle aversiones y preferencias en relación con los alimentos, su preparación y la forma de consumo, vivencias positivas o traumáticas.
La imitación en los niños es decisiva y su familia constituye un referente que les permite incorporar gestos, gustos, actitudes y conductas que le ayudan a asimilarse a su grupo, sintiéndose parte de él. Cuando el niño accede a un medio externo al familiar lleva ya un importante bagaje de conocimientos, normas y creencias de manera inconsciente que configura sus opiniones y actitudes y que contrasta, refuerza y modifica a partir de las presiones del entorno. Las acciones de educación nutricional desarrolladas en el medio familiar son muy importantes, contribuyen a la formación de hábitos, constituyen un patrimonio de cultura alimentaria de partida y cualquier intervención sobre la familia va a permitir configurar la forma de comer de los niños y adolescentes.
La escuela es la primera institución social a la que accede el niño y tiene la enorme ventaja de que nos permite establecer programas que responden a su evolución personal, con la calidad pedagógica de quienes ejercen la acción educativa. La información que en ella se imparte está avalada por el buen hacer de los profesionales de la educación y la propia estructura del sistema. Por otra parte, el grupo que recibe el programa educativo, por su edad y condiciones, es muy permeable a las influencias que en ella se originan. La escuela actual tiene entre sus objetivos alcanzar un determinado nivel de conocimientos en cada ciclo formativo contemplando, simultáneamente, las exigencias educativas relativas a procedimientos, actitudes y conductas.
Siempre esta triple dimensión de la educación es esencial para el desarrollo del individuo, pero en el caso de la nutrición y la salud es especialmente significativa. El centro escolar no puede entrar en contradicciones, tan perjudiciales para la evolución de los hábitos alimentarios de los escolares, como la de comentar una información rigurosa en el aula sobre alimentación y nutrición al amparo de los contenidos del propio programa académico y después ofertar en el comedor escolar un plan de dietas monótono y desequilibrado en nutrientes.
Las nuevas perspectivas de la educación nutricional
No podemos delegar en la familia toda la responsabilidad en la formación de hábitos alimentarios de sus hijos, entre otras cosas porque cada vez se sale del medio familiar al medio escolar a edades más tempranas, y en él se consume una de las comidas más importantes del día y durante un tiempo más dilatado (hasta los 16 años al menos), lo que ha permitido al sujeto desarrollar hábitos alimentarios correctos o incorrectos. Por esta razón y, (contemplando el problema en su conjunto), se deberían:
.- Estimular políticas alimentarias y educativas sobre alimentación y nutrición que facilitaran las decisiones de los consumidores hacia la elección de una dieta saludable.
.- Crear una opinión pública sensible ante la importancia de la buena alimentación como elemento esencial de la prevención de la enfermedad y la promoción de la salud, puesto que son muchas las enfermedades en que la dieta puede contribuir como factor de riesgo (enfermedades cardiovasculares, diabetes, osteoporosis, cáncer de origen alimentario, etc.)
.- Integrar en la vida diaria conocimientos, actitudes y conductas que expresen los conocimientos de nutrición para que se transformen realmente en conductas permanentes.
.- Dotar a la población de un patrimonio cultural alimentario mediante planes de enseñanza que incluyan contenidos oportunos en la materia.
.- Conseguir que las empresas agroalimentarias sean rigurosas en la información que transmiten como publicidad de sus productos.
.- Sensibilizar a los medios de comunicación para que colaboren en la difusión responsable de la información sobre la salud.
Fuente:

María Sáinz, Consuelo López Nomdedeu, Anneke van den Boom (2001). Educación para la salud: la alimentación y la nutrición en edad escolar. Confederación Española de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos (CEAPA).

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